viernes, 16 de diciembre de 2011

ESTÁS EN TU CASA

Las personas sobrias infunden confianza, por eso el diablo es sobrio. Las representaciones artísticas de nuestro personaje casi siempre son ingenuas: gesticulante y palabrero, barroco casi siempre, elegante a veces, en ciertos casos refinado; en otras ocasiones nos lo venden nocturno y voraz, vampírico, o torpe y soez en las versiones de los años setenta. Lamentable.
¿Quién va a fiarse de semejante botarate? Ponte en situación: un tipo retorcido pretende convencerte de que hagas algo que no parece tener sentido para conseguir una cosa sin la que cualquiera puede pasar, pero todavía queda lo mejor: a cambio de conseguir eso que dice que quieres te pide que le des tu alma. El timo del jamón de york es más sutil.
El diablo no llama la atención porque nunca pide nada, ni hace nada, ni espera nada. Anda por ahí, con las manos en los bolsillos, sentado en un banco y viéndote pasar. ¿Te lo diré? Sí, te lo diré: el diablo no es malo. Nada de esto ha sido idea suya: no te ha puesto el arma en la mano, no la ha colocado donde la encontraste, no te ha conducido hasta ella, no te ha dicho que estaba sobre la mesa, no va a facilitarte la dirección a la que te encaminas, no te pedirá que llames al portero automático, ni tomará parte en nada de lo que vendrá después. No le complacerá tenerte como huésped. Lo único que hizo (que hice) fue no advertirte.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

VACÍO EXISTENCIAL

No quiero decir que no participe en las redes sociales y por eso no existo: si afirmara tal cosa sería un imbécil y eso ya es existir; no, es que de verdad no tengo existencia material. En serio. Y sin embargo recibo saludos por la calle; no existo pero tengo un coche, un perro, un felpudo a la puerta de casa, teléfono, ropa, familiares. Mi casa existe pero yo no; también leo el periódico. Ah, por cierto, aunque no existo estoy en las redes sociales; lo hago para presumir de existencia, porque a mí me gusta aparentar que existo; los demás no saben que no existo, si lo supieran no me saludarían, y entonces qué sería de mí, bastante desgracia tengo con no existir para que encima se enteren los demás y me señalen con el dedo como diciendo: mira ése que no existe. Mi desgracia es mucho más común de lo que parece: cada vez somos más los que no existimos; ayer, por ejemplo, mi vecino dejó de existir; y no es que falleciera, es que dejó de tener existencia material. El primer síntoma es convertirse en número, luego desapareces de las listas. Un día como cualquier otro, vas al médico -pongamos- y tienes cita para las 13.15 (que es lo que me pasó a mí); al pasar lista, la enfermera se salta tu nombre; tú te levantas entre alarmado y sorprendido, llamas su atención sobre el asunto y ella, amablemente, revisa la lista y, sin mirarle, murmura: "pues no, usted no está aquí".

jueves, 24 de noviembre de 2011

PLAN DE EMPRESA

- Bien, entonces... ¿qué va a vender su empresa?
- Todo lo relacionado con los viajes marítimos.
- ¿...Por ejemplo?
- Desde ropa interior a signos externos de riqueza. Cualquier cosa.
- Pero es una línea de negocio donde va a encontrar mucha competencia, si me permite decírselo.
- Se lo permito. Eso no es problema, la eliminaremos.
- ¿Cómo?
- Sin más.
- No quiero decir "de qué manera", es que no había entendido sus palabras. Perdón... ¿Quiénes serán sus proveedores?
- Cualquiera que pueda proporcionarnos los productos que necesitamos.
- Ya. Pero a un precio conveniente, por supuesto.
- El precio siempre será conveniente.
- Asumo que es usted un buen negociador.
- Asúmalo.
- Bien, bien... ¿dónde venderá sus productos?
- En los puertos más próximos.
- ¿Y los problemas con las autoridades: tasas, papeleo...? Piense en los costes de todo eso.
- No habrá ningún problema. La Administración se llevará el 23%.
- Ah... ya. En otro... orden de cosas. ¿Trabajará usted solo?
- No.
- ¿Cuántos empleados cree que puede necesitar?
- Empleados no, socios: veintisiete.
- ¿Cuenta ya con ellos?
- Sé dónde encontrarlos.
- ¿Querrán asociarse con usted?
- Sí.
- ¿Por qué está tan seguro?
- Porque cuando no trabajan se aburren.
- Bien, veo que tiene usted muy claros todos los aspectos del negocio... demasiado claros, en mi opinión. tal vez debería reflexionar más sobre los detalles.
- No será necesario, lo tengo todo pensado.
- De acuerdo, pasemos entonces a un asunto que puede parecer secundario, pero no lo es: su imagen corporativa. Empecemos por el nombre y el logo; perdóneme por mi falta de agudeza, pero Surprise no parece tener relación con la actividad empresarial que pretende.
- La tiene, se lo demostraré enseguida. Por cierto, me gusta su oficina.
- Gracias.... en cuanto a su logo, espero que me explique también su significado.
- Lo haré ahora mismo. El fondo negro... ¿su sillón es de cuero?
- Pues sí, creo que sí.
- Siempre quise uno igual. ¿Puedo probarlo?
- Eeeh... claro, por supuesto.
- Gracias, es comodísimo. Me lo quedo.
- ¿Cómo?
- Si más. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el fondo negro... Es eminentemente práctico, fanérico: llamará la atención sobre nosotros desde el primer momento, está demostrado. Me quedo también la oficina, ¿está de acuerdo?
- Me temo que sí. No es necesario que siga, ha sido una ofuscación por mi parte; no sé en qué estaría pensando. Todos conocemos el significado de las tibias cruzadas bajo la calavera.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

ANIBAL AD PORTAS

La tienda de campaña es adecuada: amplia, cómoda, fácil de montar, moderna; el único problema es que no tiene columnas corintias y yo me niego a pasar una noche bajo un techo que no esté sostenido por, al menos, dos columnas corintias labradas en mármol (en su defecto, transigiría con el alabastro, no soy tiquismiquis). El responsable de seguridad de la sección de deportes (el dependiente ya no puede atenderme) intenta lo que él entiende por hacerme entrar en razón; en lo sustancial está de acuerdo conmigo, ya que es un hombre de orden y, a pesar de los dos impactos de bala, conversa conmigo amigablemente y me da toda la razón: en qué cabeza cabe -me apoya- que una persona como usted y como yo pueda siquiera conciliar el sueño en tales condiciones, sin columnas corintias en su caso, aunque le confieso que yo me inclino más por lo ojival: para mí, donde se ponga un pórtico de cantería con su rosetón policromado... pero, vamos, que le doy a usted enteramente la razón, ¡ni que fuésemos bárbaros!, ¡a dónde vamos a llegar!, la culpa de todo la tiene la televisión. 
Sé que los Geos han tomado ya posiciones y que van a entrar; sé que no me queda munición; sé que el jefe de seguridad no me está diciendo toda la verdad de lo que opina (pienso que no es tan rotundo como yo en la cuestión y tal vez no le hiciera ascos a un sencillo porche de madera pintada) y sé que no me dirigí al dependiente en los términos adecuados, pero debe usted saber a su vez que yo, sí, yo, míreme bien, yo y nadie más estoy en la última trinchera y acabo de quemar el último cartucho. Dentro de unos momento ya no quedará nadie entre ellos y la civilización. Y ahora qué le cuento yo a mi marido, que en paz descanse.

domingo, 23 de octubre de 2011

El manuscrito de Ponferrada (I).

Entre sus escasas vanidades, don Gregorio Laín -durante muchos años veterinario titular en Ponferrada- tenía la poco frecuente de escribir y publicar, a sus propias expensas, ensayos que versaban sobre temas de los que no tenía la más remota idea. Una vez publicados, con la tínta fresca todavía perfumando sus páginas, solía mostrárselos a sus contertulios del Casino, que manifestaban invariablemente su cruel mofa. Don Antonio jamás se incomodaba por ello.


Desde su turbia juventud de estudiante, don Gregorio había sido suscriptor de numerosas publicaciones seudocientíficas (casi todas ellas extranjeras) que fingía ostentosamente leer en los cafés; ello le acostumbró a los razonamientos embrollados que además estaban allí lastimosamente traducidos. De este hábito procedieron sin duda las ideas plasmadas luego en sus ensayos, ideas no ya arbitrarias, incoherentes y confusas, y tampoco sencillamente absurdas, sino fantasmagóricas. Así, don Gregorio encontró una vertiente todavía inexplorada de un género que, en aquellos tiempos garbanceros, se creía extinguido: el tratado de ficción. Aunque todos los interesados en el caso piensan lo contrario, es decir, que don Gregorio era simplemente un botarate provinciano, yo opino que era perfectamente consciente de lo que había hecho. Intentaré explicarme.


Es cierto que toda una vida de fingimiento, sufriendo burlas e incomprensión lejos de toda vida literaria, de tertulias, de veladas y de Madrid sólo es accesible a un auténtico místico de la literatura, pero nada nos cuesta suponer que don Gregorio lo fue y, ya que me viene bien que lo fuese, vamos a suponer que era el caso y había dedicado su vida a componer y editar una obra que daría comienzo a una nueva era de la escritura. El caso es que don Gregorio falleció de un cólico miserere en el peor momento: mucho antes de haberla terminado. Su viuda tomó como primera medida, tras el entierro y posterior lectura del testamento, deshacerse de su biblioteca. Antes de que esto ocurriese, conseguí que se me concediese examinarla durante toda una mañana; daré puntual noticia en otro momento de lo que allí encontré, revelando de paso quién soy.

viernes, 7 de octubre de 2011

TRANSPARENCIA

Plano general. En la pantalla vemos, delante de cierta furgoneta aparcada, una víctima andrajosa pero digna a la que le aplican un micrófono. A su espalda, al otro lado de la furgoneta, se aprecian los cimientos en construcción de lo que va a ser un supermercado o algo así; se ven los pilotes encofrados, las máquinas en movimiento, los operarios en su actividad, la grúa. La víctima se lamenta de que donde ahora se construye todo eso se encontraba su casa. Una casa antigua, de antes de la dictadura de Primo de Rivera, figúrese usted, joven; en realidad era un hotelito, como se les llamaba entonces, con su jardín y su ventanal. Los andrajos, observados con detenimiento, corresponden a lo que fue un uniforme de coronel de caballería, y -en efecto- los espesos bigotes de la víctima son los del caso. Al requerimiento de la entrevistadora, la víctima explica con tristeza (y con estas palabras) sus circunstancias actuales: sin techo, sin paredes, sin suelo, sin ventanas, sin nada en resumen, amiga becaria, ¿adónde voy yo ahora?; a la pregunta que le sigue responde con palabras igualmente previsibles: ¿cómo quiere usted que me encuentre?, pues como sin sombra. Más preguntas se le ocurren a la reportera, y al final se despide de la desolada víctima. Primer plano. Pues hala, señor, mucho ánimo, cuídese. Ya, ya, tenga usted buenas tardes, joven. Lo curioso es que a través de su cuerpo se ve la furgoneta.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Frases que de haber sido dichas otro gallo nos hubiera cantado

"De lo que se inventa se come" (Unamuno)
"Interpretar los sueños no es difícil, es inútil" (Freud)
"Si sale cara, soy; si sale cruz, no soy" (Shakes)
"Dios no juega a los dados porque siempre pierde" (Einstein)

viernes, 16 de septiembre de 2011

LOS LIBROS HACEN HOGAR

Para mi Laura
El caos de una biblioteca no se improvisa, porque el caos es una obra de arte. Si quieres tener una biblioteca verdaderamente caótica, da los siguientes pasos -ya sé que parece un contrasentido- de forma ordenada, aunque me temo que es ya tarde para algunos de ellos.
1.- Sé un niño ordenado.
2.- Ten una adolescencia difícil, en la que compenses tus desequilibrios con la acumulación compulsiva de volúmenes. Que los leas o no es irrelevante para esta receta, pero la acumulación -y, en su caso, la lectura- debe ser metódica y a la vez flexible, adaptándose a las oscilaciones de tu curiosidad, tus manías y tus necesidades.
3.- Compórtate en tu juventud con ese desenfreno intelectual -los otros desenfrenos no hacen al caso- que desemboca en un cuarto desbordado por los libros sin leer, a medio leer, ilegibles, de lectura postergada, etcétera. Rebélate periódicamente contra este intolerable estado de cosas y elabora -por escrito- planes faraónicos de lectura rigurosa que no te creas ni tú.
4.- Enamórate y ten suerte. Para entonces, más te vale descreer de cualquier forma de orden.
5.- Tened hijos. Los niños enriquecen el caos hasta extremos inimaginables y ese caos que provocan está vivo: lo devora todo como un depredador insaciable. Para entonces, los libros serán objetos respetados que hay en casa. Con el tiempo descubrirás que no se acaba el mundo porque El Aleph no aparezca por ninguna parte. Acepta que los libros ya no son tuyos. Sólo poseerás lo que has leido.
Siguiendo estas sencillas reglas, podrás llegar a ser el orgulloso desposeído de una biblioteca ejemplarmente caótica, donde cada búsqueda será una aventura, cada hallazgo una sorpresa, cada lectura un triunfo, cada página una... pero esto qué... es... un caramelo... ¡Manuelaaaaaa!

viernes, 9 de septiembre de 2011

1865

Al otro lado del Estrecho, hace un mes, el general Lee se rindió a los yanquis en Appomatox con lo que quedaba del Ejército de Virginia; se acabó la Confederación, se acabó el sueño del Sur; ahora, Lincoln podrá recuperar su nación unida, como había prometido a los electores del Norte. A don Mateo Carmona, que mira sus campos de caña desde el caballo, esto no le preocupa. La zafra de noviembre será buena, lleva años siendo buena, pero el azúcar se está pagando mal y esto es lo que le preocupa. La plantación de don Mateo no es pequeña; sin ser la mayor de esta parte de la Isla, ni mucho menos, da para mantener a su familia y, sobre todo, a él en una forma de vida espléndida. La enorme casa en medio de los campos. El lujoso principal en Santiago. Esta perezosa elegancia que exige tanto tiempo. Veladas. Viajes. Telas. Hábitos. Libros. El blanco inmaculado de toda su ropa. Desgraciadamente, toda esa forma de estar en el mundo está sostenida en vilo no por otra cosa que por dinero, dinero y más dinero, y mirar para otro lado no cambia las cosas. Sus hijas no tienen por qué sospecharlo siquiera, ni su esposa debe conocer el alcance de lo que se viene encima -al menos por el momento- pero el caso es que los libros de cuentas no mienten jamás, y su administrador le ha hablado con toda claridad: otro año así y vamos a la ruina: hay que vender, ahora que estamos a tiempo. Sí, pero vender qué ¿Vender los caballos? ¿el principal? ¿muebles? ¿vender la biblioteca? Cada una de esas cosas es necesaria; si hiciese un solo movimiento en ese sentido, no podría volver a sentarse en el Casino, no podría volver a pasearse en público. Sin embargo, hay cosas que no tiene esa nobleza y por las que se puede empezar: el cafetal de Cerro Lavado, por ejemplo, no da más que disgustos. Tira de las riendas y el animal se vuelve despacio, enfilando el camino amarillo; se va la luz de la tarde, lloverá antes de la noche; es agua de primavera. llevando el caballo al paso, va bromeando con los hombres de las hileras que vuelven del campo, a sus cabañas. Son suyos. A los más viejos los conoce por su nombre: trabajaron para su padre y desde que era niño los ha visto pasar, con la herramienta al hombro. Esta última fila viene precisamente de Cerro Lavado; habla con Marcial de los buenos tiempos, le pregunta por sus hijos, el menor está en la casa, es un buen cocinero. Cuando pasa un momento, don Mateo deja atrás a los hombres y vuelve a pensar en sus problemas. Ya que voy a vender el cafetal y no los necesitaré -piensa don Mateo-, también voy a venderlos a ellos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Navidad

Esta Navidad, zarigüeya. Mi señora es muy partidaria de la cocina étnica.

viernes, 19 de agosto de 2011

LA PICARESCA FUNCIONA (I)

Para el doctor Carlos Gutierre, Oidor de la Audiencia de los Confines.


Yo, señor, nací en una ribera del Arauca vibrador. Soy, pues, hermano de la espuma (si no de sangre, a lo menos de leche), así como de las garzas e inclusive de las rosas, además de ser hermano, como no, del Sol. Del Sol, repito. Con la ejecutoria de tan ilustre parentela me vine para acá, a pretender oficio real en la Corte, con la seguridad de ser no ya bien recibido sino agasajado por las personas principales della, lo cual no sucedió así; muy al contrario, vime acosado por corchetes, guindillas y alguaciles que no veían en mi persona sino malhechor solapado, de manera que tuve por mejor acuerdo buscarme una ocupación cualquiera y excusar persecuciones. No encontré yo la Corte como me la había figurado, con sus perros atados a cada paso con longanizas, y los empleos que en ella encontré fueron de la misma manera ruines y de mal provecho, como más largamente sabrá quien pasare adelante.


Oficios y ocupaciones del bachiller Nelson Jerónimo Caramillo, vecino de Madrid

sábado, 13 de agosto de 2011

Joyas de nuestro Refranero

Quien da pan a perro ajeno
pierde el pan y pierde el perro

¿Y qué esperaba? ¿quedarse con el perro?

sábado, 6 de agosto de 2011

SIN ESCAPATORIA

No muchos saben que todas las brujas han sido princesas. Esto es algo que la industria del cuento infantil siempre ha ocultado cuidadosamente, por razones obvias. También ha silenciado el hecho de que la inmensa mayoría de las brujas no son malas, y sólo una ínfima proporción de las malvadas son decididamente perversas. Únicamente llegan a ser brujas las princesas que se casan con príncipes azules los cuales, después de consumado (o no) el matrimonio, se hacen los suecos y vuelven a sus guerras, sus intrigas palaciegas y sus previsibles hábitos sexuales ("¿cómo he podido estar tan ciega!", se lamentan muchas cuando ya es tarde, "no sera porque no te lo advertimos", le contestan sus amigas), por lo cual sus abandonadas esposas se entregan a la amargura, la melancolía, la lectura, la religión, el rencor o la venganza, según. Las que no se casan, sin embargo, jamás se convierten en brujas, porque ven y siempre verán el mundo con otros ojos: unos ojos poéticos, radiantes, que atesoran imaginación, fantasía, esperanza y demás monsergas. Muchas se descuidan y acaban en hadas madrinas.

jueves, 28 de julio de 2011

LECTURAS NO RECOMENDADAS

La Divina Comedia II. El Regreso
Los Tres Mosqueteros en los Sanfermines
Sandokán y la Residencia de Ancianos
Gargantúa y Pantagruel contra la Nouvelle Cuisine
El Rojo y el Negro II. Dos Tontos muy Tontos

miércoles, 6 de julio de 2011

SE MASCA LA TRAGEDIA

Ponte en lo peor si alguien empieza sus explicaciones con alguna de las expresiones que siguen:
Es que
Verás
Tú no te preocupes
Te vas a reír
¿Te lo cuento?

viernes, 24 de junio de 2011

LA VERDADERA NATURALEZA DE LAS COSAS

Una joven pareja feliz sobrevive en la gran ciudad; no tienen dinero para viajar-ir-a-conciertos-escaparse-de-finde ni nada de nada, pero tienen amigos que sí; comen en el trabajo (comen y trabajo son palabras que no estoy usando con propiedad), pero cenan todas las noches en casa, bajo una bombilla pelada, en una mesa baja que en realidad es un cajón grande de embalar; su único lujo social es invitar de vez en cuando a los amigos (pocos, el cuchitril no da para más) y beber escuchando música hasta altas horas de la etcétera.

Diez años después viven bien. Es el atardecer. Es su fiesta de aniversario, que dan en el amplio jardín; junto con todos sus compromisos, han invitado a los amigos de los tiempos difíciles. Cuando llega la hora de los regalos, dos operarios fornidos depositan sobre el impecable césped un paquete grande y pesado, que contiene el regalo de un amigo de los de siempre, que ahora es un reputado diseñador de muebles. Ante las expectación general, la pareja rompe los papeles, los operarios abren el embalaje y aparece ante sus ojos la última creación de su amigo: una mesa ideal, sobria, nórdica, que despierta el oh y la envidia de todas las presentes: se trata de una mesa baja con apariencia de cajón grande de embalar, idéntica a la de los tiempos duros.

Ahora, contéstate esta pregunta: ¿que preferirías, un cajón que sirve de mesa o una mesa que parece un cajón? Conócete a tí mism@.

viernes, 17 de junio de 2011

TÉRMINOS PERSEGUIBLES

Nada más fácil
Estrepitosamente
A todas luces
Libre de caspa
Inquirió
Entresijos
Muy al contrario

sábado, 11 de junio de 2011

LA CONSPIRACIÓN

- No van a querer. Por lo menos el mío no.
- Ni el mío.
- Eso ya lo sabíamos, ya estaba hablado. Mañana lo solucionamos.
El plan es muy sencillo y lo que pretenden las cinco mujeres es algo de lo más inocente: un fin de semana en París para ellas solas, sin maridos, sin niños, como una excursión de fin de curso. Sin embargo, antes hay que convencer a los esposos y a los críos; lo difícil serán los niños, claro, porque van a querer ir a Disneyland y no van a entender por qué no, pero eso se solucionará a su tiempo, ahora están trazando un plan para dar jaque mate a los maridos. El plan, como se ha dicho, es muy simple: mañana, comilona en el amplio chalet de Pilar, con partido Barsa-Madrí a media tarde y una provisión equilibrada de cerveza: tampoco conviene a sus planes que los cinco estén como cubas y no sean capaces de atender a razones; al final, les espetarán la idea, que está bien trazada: un vuelo barato, un hotel asequible, un itinerario cultural, restaurantes moderados, compras bajo control Y, SOBRE TODO, la vida doméstica solucionada: comida para una horda en cada nevera, casas como los chorros del oro, películas y juegos ordenados por orden alfabético... En fin: sencillamente, no pueden negarse.
La barbacoa y el partido han sido sencillamente un éxito. El empate a penaltis les ha favorecido y los cinco hombres discuten las jugadas con inocente fervor. Cuando escuchan un carraspeo, todos miran a la vez en la dirección de donde procede, para encontrarse con sus cinco mujeres desplegadas en línea de abordaje. Se diría que están perdidos, se diría que no hay para ellos esperanza de victoria, se diría que van a ser aplastados.
- Tenemos algo que anunciaros, queridos.
Hay, madre. "Anunciaros". Hay madre, "queridos". Zafarrancho de combate, todos a cubierta, artilleros a las piezas, venga, venga, venga. No empiezan con una andanada demoledora, las mujeres son sutiles: empiezan con un movimiento envolvente, pidiéndoles de manera imperativa que tomen asiento todos juntos en el sofá. Ellos, apenas recuperados de la sorpresa, lo hacen con intrigada obediencia más que con alarma. Ellas se mantienen de pie separadas unas de otras, rodeándolos. Las esposas les exponen modestamente, humildemente, su improvisado, ingenuo propósito con la intención de someterlo al sesudo criterio, la serena reflexión, el sabio dictamen de los cinco futboleros en estado de semiembriaguez. Además, todo son ventajas: se las van presentando una a una... y a medida que ellas hablan, pero ya desde el principio, está pasando algo. Todos ellos, los cinco como un solo hombre, están sonriendo discretamente; no pueden ocultar un brillo en los ojos: es como si tratasen de disimular que les ha tocado la lotería. Los cinco fingen una expresión magnánima, indulgente.
- Desde luego. Iros, os lo habéis ganado.
- Os lo merecéis. No faltaba más.
- De los niños no os preocupéis.
- ¿Somos o no somos maridos del siglo Veintiuno? Sin problema.
- Pues claro.
Al día siguiente, en la misma cafetería, las cinco observan calladas sus tazas con absurda concentración, con rostros torcidos, sin que ninguna se atreva a romper el silencio. Tiene que hacerlo Pilar.
- Vamos a ver. ¿Aquí qué coño está pasando!

viernes, 3 de junio de 2011

OKUPAS III. La Batalla Final.

Quitando el incendio, el asalto de los antidisturbios y las dos semanas de hospital, nos lo hemos pasado bien.

sábado, 28 de mayo de 2011

ORGULLO & PREJUICIO Ltd.

Madrid, 16 de junio de 1812

Querida esposa:

Desde que dejamos el Reino de Portugal y entramos en el de España, por un lugar llamado Badajoz, según creo recordar, los lugareños se han venido comportando con nosotros sin la menor cortesía, salvo que consideren cortés obligarte a hacer cosas inadmisibles por el más tolerante de los seres civilizados, tales como comer o beber con ellos; en este sentido quisiera hablarte (para que te diviertas conociendo las penalidades a que tu marido se halla sometido) de una situación en que varios oficiales nos vimos involucrados, y se relaciona con cierto comistrajo local. Pues bien, se dió el caso de que fuimos invitados a una recepción (le dan otro nombre que ahora no recuerdo) que resultó ser una antihigiénica y confusa bacanal de la que no pudimos escabullirnos hasta la mañana siguiente; en ella había un solo alimento, cuya descripción te hará comprensible que ninguno de nosotros ingiriese nada sólido aquella noche: se trata de una pata de cerdo cruda y seca, que conserva tanto la piel grasienta como las pezuñas del animal y tiene el aspecto más lamentable que puedas imaginarte. Ellos lo comían con delicia, celebrándolo como una ambrosía, acompañado de un vino sin relación alguna con el oporto o el sherry, que nos dió dolor de cabeza casi de inmediato; cierto individuo de la horda, que absurdamente sabía un inglés aproximado, me explicó que ambas cosas (el vino y aquello) eran como el alma y el cuerpo de su espírito, del espírito de su país. Yo le respondí -en absoluto ofendido, pero con comprensible desdén- que no me extrañaba. Añadí que el alma y el cuerpo de nuestro espírito son la cerveza caliente y el jamón de York.

viernes, 20 de mayo de 2011

INSOLVENCIA

Me convencieron: les pedí un crédito para mi ortodoncia y ahora me recuerdan que mis dientes son suyos.

viernes, 13 de mayo de 2011

MUERTE DE UN VERDUGO


Toda mi vida he soñado con dirigir una batalla desesperada

Leonor de Briec, la hermana de la reina, debe morir. La reina ya está harta de perdonarle la vida y no lo hará esta vez, es la tercera conspiración que encabeza y ésta ha sido la última. Sin embargo, su ejecución no debe convertirla en una mártir y menos todavía en una heroína: ha de ser una ceremonia, un acto cortés. No ha de ejecutarla, por lo tanto, un verdugo vulgar, sino un hombre ya legendario en los cadalsos: el verdugo personal del rey de Francia, que Enrique tiene a bien ceder a sus aliados en ocasiones como ésta.

Cuando desembarca, el hombre bajo y calvo es conducido a un carruaje que lo lleva a su aposento. Con él viene su aprendiz, un mozo flaco que carga con las herramientas -un juego de espadas. Después de tomar la sopa, el verdugo se queda a solas con sus armas junto a la chimenea, cuyo fuego de troncos las hace brillar. Sólo después de haberlas contemplado un buen rato se levanta de la silla, empuña una y empieza a pasarle muy despacio la piedra de afilar (un pedazo de metal oscuro, que en realidad es fragmento de un meteorito). El verdugo es un hombre rico, ha ganado mucho dinero en este oficio y, si quisiese, podría dejarlo y marcharse a donde quisiera -lejos de su odiada identidad-, comprar tierras y vivir holgadamente, pero no lo deja y no sabría explicar por qué. Hace tiempo que le ha perdido el gusto a matar; en realidad, ya no lo tenía cuando dejó de ser soldado y se dedicó a esto; ahora sólo es un autómata que ejecuta unos movimientos bien ensayados y cercena un cuello sin tropiezo alguno. Lo que mañana le espera no será diferente.

Nunca intenta averiguar nada sobre quien tiene que matar: cuanto menos sepa, más fácil será, más limpio. Sin embargo, en el barco que le ha traído desde Calais no ha podido dejar de escuchar los comentarios sobre ella. Entre otros, oyó el que alguien dedicó a sus ojos, a su mirada que paraliza, la que había conseguido por dos veces que su hermana le perdonase la vida. Tonterías.

A la mañana siguiente, al amanecer, cuando el verdugo se despierta el aprendiz ya lo tiene todo preparado. El verdugo escoge la espada que usará hoy. Pero todavía falta mucho para que suene la hora de la ejecución, que será el punto culminante de un baño de multitudes. En efecto, el programa de festejos es apretado y la reina no ha reparado en gastos, la gente ha venido desde todos los lugares del reino, e incluso desde fuera de él, para presenciar el deslumbrante despliegue cortesano. La decapitación tendrá lugar a la media tarde.

Después de hacer sus ejercicios gimnásticos, de ensayar minuciuosamente cada movimiento, de comprobar al milímetro el afilado de la espada, el verdugo mira el cielo por la ventana: está despejado, sin una nube; hará un buen día, la gente se va a divertir.

Come con frugalidad, como es su costumbre, y duerme una siesta tranquila, sin sobresaltos. Cuando llega la hora, un discreto vehículo aguarda abajo, en la calle, a que baje para llevarlo al lugar. Al salir del aposento para entrar en él, la gente (que sabe quién es) lo mira en silencio con esa mezcla de repugnancia, miedo y admiración a la que ya está acostumbrado. Llegan enseguida, y aguarda dentro, alejado del bullicio, a que vengan a llamarle.

No tarda en llegar un capitán de la Guardia con seis soldados, que lo escoltan hasta el cadalso. Antes de salir se cala el capuchón, y luego comienza la interpretación de su papel: paso lento y solemne, discreto. Los soldados le abren paso hasta los escalones del patíbulo, y desde allí sigue solo. Ya arriba, dueño de las tablas, centro de todas las miradas, apoya la punta de la espada en el suelo, delante de sí, y espera sin hacer ningún movimiento, con los pies separados, la espalda recta y las dos manos, una encima de la otra, sobre el pomo. Enseguida, los tambores anuncian la llegada de Leonor de Briec. Asciende los escalones de madera sin vacilación alguna, seguida de un joven franciscano de manos blancas y modales corteses. El verdugo, siguiendo el ritual, se acerca a ella y le pide que le perdone, extendiendo la mano; Leonor, sin mirarle, deposita sobre la palma dura la moneda del perdón y camina hasta donde está colocado el almohadón bordado, hinca las rodillas y espera. Redoblan los tambores y la muchedumbre calla. El franciscano se ha retirado unos pasos, discretamente, y el verdugo se acerca a Leonor, que espera inmóvil el golpe. La costumbre del verdugo es alzar el filo y cortar inmediatamente, sin esa teatralidad innecesaria que tanto está de moda. Así pues, levanta la hoja y en ese momento ella le mira a los ojos. Y en ese momento él comprende por qué ha seguido siendo verdugo aunque pudiera dejarlo y el oficio ya no le gusta: porque esperaba este momento.

Sabe que no puede cortar ese cuello -era cierto lo que oyó de su mirada- y sabe que de no hacerlo su propia muerte será indeciblemente cruel. Solo queda, pues, una salida. Ha soñado muchas veces con esto. Calcula mentalmente la distancia a que están los soldados y el tiempo que tardarán en recibir la orden; tendrán que subir los ocho peldaños uno a uno, y eso le dará una ventaja. Calcula el tiempo que tardarán en traer escaleras y asaltar el tablado por varios sitios a la vez. Baja la espada y mira el sol de invierno por última vez, mira de nuevo a la mujer que lo mira y para hacerse espacio, con un golpe de abajo arriba que le hace volar la cabeza, decapita al fraile.

viernes, 6 de mayo de 2011

LAS ÚLTIMAS Y LAS PRIMERAS

Aceptemos que los humanos merecieran el nombre de "Humanidad" ¿No existen muchas más razones para que acuñemos nosotras el de "Tortuguidad"? Me atrevo a ofreceros, ilustre asamblea, algunos ejemplos de cómo sonaría este vocablo:


- Ejerzo mi profesión por amor a la Tortuguidad.



- Equivocarse es tortugo.


- Un calor intortugo.


- Un esfuerzo sobretortugo.


- Extraterrestres con rasgos tortugoides.


- Un mundo destortuguizado.


Así debemos hablar a partir de ahora. Sé que en estos momentos hay problemas mayores y más urgentes (por ejemplo, de qué vamos a vivir), pero buscar un nombre que nos haga sentirnos una especie me parece esencial para nuestro futuro. He dicho una especie cuando debería haber dicho la especie, ahora que todas las demás se han extinguido.







viernes, 29 de abril de 2011

CUENTOS INFANTILES ESCRITOS POR... Hoy: Faulkner

LA MUÑECA DE TRAPO

Betsy piensa: no siempre me han llamado así, antes he sido Maryloo y Savannah, pero ahora mi nombre es éste. Betsy tiene sesenta y dos años; la compró en un almacén de Memphis, hace todo ese tiempo, la bisabuela de Sarah, cuando ya había terminado de pagar las vituallas para el invierno y se disponía a salir del establecimiento con su marido hacia el carro de mulas que les esperaba a la puerta, para regresar a esta casa. Eran los años anteriores a la Guerra, cuando ni siquiera había nacido la Confederación. Se la regaló a su hija mayor, Elaine, una niña seria y férrea que sería la abuela de Sarah y esa tarde se convirtió en la primera propietaria de la muñeca. A lo largo de tres generaciones, ha presidido esta cama, la cama de la hija mayor, pasando de la abuela Elaine a la madre Beth y de ella a Sarah, y nunca ha salido de la habitación abigarrada. A lo largo de ese tiempo, al otro lado de la ventana se han sucedido el estruendo de la guerra, el chirrido de los aserraderos, el murmullo maligno y agónico de los linchamientos nocturnos. Ahora, puede decirse que el aspecto de Betsy resulta deteriorado y mustio, pero en esta noche de verano, con la luz de la luna filtrándose a través de las ramas del roble por la ventana abierta, su falta de pelo, el desgaste de su cuerpo desteñido y la falta de su ojo izquierdo -sustituído por un botón- no se perciben tan desalentadoramente como durante el día; Betsy parece un objeto más entre los objetos que abarrotan todas las superficies horizontales del cuarto, salvo la cama, donde sólo ella reina; y, además, su mirada de sufrimiento procede de otro motivo. La muñeca piensa: me gustaría ser una de esas luciérnagas; le gustaría volar como una de las luciérnagas que dibujan la oscuridad fuera de la ventana, como puntos, diminutas estrellas fugaces dotadas de vida que trazan la forma del jardín, la valla, los arbustos, la madreselva, las adelfas. En ese momento, Sarah entra en la habitación dando grandes zancadas silenciosas y decididas, avanza hacia su cama y agarra a Betsy por uno de sus brazos de trapo, la levanta unos centímetros sin cuidado y la lleva consigo, colgando de su mano. Sarah tiene el rostro recorrido por dos líneas de lágrimas, pero su expresión no es de dolor, sino de furia. Betsy la ha acompañado a lo largo del oscuro y solitario sendero de la infancia, con toda su encarnizada carga de vértigo y de pesadillas, pero ese camino ha llegado a su fin y ahora ha sonado la hora de la venganza, no contra Betsy, sino contra el mundo. Antes de coger la cuerda y descolgarse hasta la hierba, la muchacha se coloca junto a la ventana y, con toda su fuerza, lanza la muñeca; Betsy cruza el aire nocturno, girando con rapidez bajo las estrellas impasibles, sobre el césped oscurecido por las sombras, entre las luciérnagas atónitas que se apartan; cae al fin, sin ruido, al otro lado de la valla, entre los matorrales abandonados y polvorientos, donde se convertirá con el tiempo en otra cosa más abandonada allí, pero esta noche, por primera vez en su vida, durante unos segundos se ha sentido feliz. Al fin libre -piensa, mientras se acostumbra a los insectos.

CUENTOS INFANTILES ESCRITOS POR...

viernes, 8 de abril de 2011

UTOPÍA

El partido en la oposición ha ganado las elecciones, pero ha llegado al final de la campaña sin un visionario. Al final de la campaña, el jefe del partido en la oposición lo llamó a su despacho y se lo dijo sin rodeos: su proyecto no saldría adelante. Aparte de inoportuno, era anticonstitucional, vulneraba los más elementales derechos del individuo y resultaba políticamente impresentable. El visionario puso a disposición del partido su puesto y la dimisión le fue aceptada. Hasta aquí, los hechos.

Ahora supongamos que lo que ha ocurrido no ha ocurrido y que el partido ganador sí incluyó en su programa el proyecto del visionario, y esto no le impidió llegar al poder.

Contra la medida propuesta por el Gobierno ha combatido la izquierda más izquierda, ha aullado la derecha más derecha, se han manifestado los artistas más aristas y los intelectuales más intelectuales; también lo han hecho los libreros, los profesores de Primaria y de ESO, los editores. La Conferencia Episcopal ha fulminado la medida. El Santo Padre duda si meter baza. Los púlpitos truenan.

Sin embargo, debido a su mayoría absoluta en el Congreso, el Gobierno saca adelante la medida, que se hace efectiva y trae de inmediato consecuencias incontrolables. Las editoriales reciben pedidos extraordinarios, que van a parar a almacenes en los polígonos industriales. Por la noche, los pedidos son repartidos a los camellos, que trapichean con la mercancía en los lugares que ya van siendo habituales. Con el paso de los meses, la situación se agrava: las aulas, siempre ingobernables, ahora lo son por razones que nadie podía prever: los profesores y profesoras escuchan de sus alumnos preguntas a las que no saben responder, comentarios que no pueden seguir, expresiones que nunca han oído antes; los profesores y las profesoras padecen ahora motes desconcertantes: El Yonsilver, El Dulcineo, La Bobarí. Algunos pederastas por internet han sido víctimas de esta oleada. Los más incautos de entre ellos siguen acudiendo a las citas concertadas. Uno se encontró el otro día, en el lugar convenido (un parque) con una tertulia de preadolescentes a la que fue invitado y, para su desgracia, aceptó. Se recupera a duras penas. Los padres están aterrados, los agentes de la autoridad dan charlas en los colegios, y las diferentes fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado cuentan ya con unidades especializadas para luchar contra un fenómeno que se extiende a pasos agigantados. Y mientras esto sucede, el Gobierno se mantiene impertérrito, sordo a las voces alarmadas de todos los colectivos afectados, manteniendo en vigor la medida contra viento y marea. Consecuencia de ello es que en las puertas de las librerías se mantiene el cartel de Ser Prohibe La Venta De Libros A Menores De 15 Años.

sábado, 2 de abril de 2011

LA CIUDAD Y EL MUNDO (II)

1958. Zelda ha conseguido escapar finalmente de sus hermanos. En la tarde de diciembre hace un calor feroz y ha recorrido a zancadas toda esta parte de la estancia ( la alberca, la estacada, el arroyo) y ha llegado jadeando hasta su árbol, su ombú, huyendo de ellos, agitando como una bandera sus trenzas rubias. Zelda es flaca y larguirucha, y corre con desgarbo y eficacia. Con ella ha traído un libro de no menos de quinientas o seiscientas páginas: su regalo de cumpleaños. Está escrito en checo y a su padre le brillaron los ojos cuando Zelda rasgó el papel y leyó en voz alta el nombre del autor.

- ¡Ilimi, papá! ¡Es Dzevan!

Abre el volumen para oler su tinta fresca. No ha visto el momento de apagar las velas, engullir su trozo de torta y, con el permiso de su padre, salir disparada con el libro hacia su ombú. Se trepa hasta su rama de leer y allí lo abre... ¡está dedicado de su puño y letra! Para Zelda Wissenbolt, la hija predilecta de mi mejor amigo. Dzevan Ilimi.

Zelda lee la primera frase. En adelante, durante toda su vida sentirá que en ese momento se decidió su destino. Sigue leyendo mientras la luz se lo permite mínimamente. Cuando ya no es así y su propio padre viene hasta el ombú, armado con una linterna, para llevarla de vuelta a casa, alega que se encuentra mal, que tal vez ha comido demasiado deprisa, que prefiere irse a la cama sin cenar. Por supuesto, su padre le da permiso a sabiendas de lo que va a ocurrir. Caminan los dos en la oscuridad serena, y la tierra cruje bajo las botas de su padre. Las ranas celebran la noche, la brisa, las estrellas. Zelda tiene por fin trece años. Pasará la noche, la madrugada, hasta el amanecer, sentada en la cama, leyendo con su linterna en la habitación para ella sola que estrena hoy. Su madre se lo hubiera prohibido, pero su padre la comprende.

viernes, 25 de marzo de 2011

LA RUEDA DE LA FORTUNA

Yo estaba destinado a ser una verdadera rata de alcantarilla, pero la vida me ha sonreído y ahora soy un hamster.

viernes, 18 de marzo de 2011

EL CURA DEL PENAL

porque mató a su mujer
y a un amigo desleal

Don Patrocinio es el último en abandonar la celda, que deja a su espalda con la puerta abierta, y sigue a la comitiva silenciosa. Conducen hasta el paredón del patio al preso número nueve. Son las seis de la mañana. Después de bajar las escaleras sin otro ruido que el de los pasos, el grupo sale a la luz blanca. El preso camina despacio, con los hombros tensos y el cuello recto; está sereno, con el orgullo que da el deber cumplido, y los guardias que lo flanquean se mantienen a respetuosa distancia, secundando su último deseo: que no lo toque nadie.
Antes de salir de la celda, don Patrocinio ha oído en confesión al preso, pero no ha podido absolverlo porque no se arrepentía. El preso número nueve, más que confesarle el asesinato, se lo describió en frío, sin emoción alguna, pero con todo detalle: primero a ella, uno solo en la cabeza, luego a él, todo lo que quedaba en el tambor del revólver; la alcoba se llenó de huno azul y de olor a pólvora. Luego se dirigió al puesto de los regulares y se entregó. Los hechos ocurrieron tan sólo hace una semana, y el juicio se celebró y resolvió con una rapidez que no ha engañado a nadie: no se condena a muerte a un marido porque mata a su mujer y al otro. No, nunca se ha hecho, dónde se vio tal cosa. Pero el preso número nueve era zapatista, y el otro, el amigo, era del gobierno y muy del gobierno: secretario de una especie de subsección del Ministerio de Agricultura y, además, sobrino segundo del Presidente Obregón. Además, la mujer del preso número nueve era una Salazar y don Pedro Salazar, su padre, movió todas sus influencias para que su yerno acabase como está a punto de acabar: con cinco balas en el cuerpo y un tiro de gracia en la cabeza.
El padre Patrocinio conoce a los Salazar desde hace veintiséis años. Recuerda las silenciosas partidas de ajedrez con don Pedro, en la penumbra dominical de su biblioteca, mientras el resto de la casa hacía la siesta, y recuerda el chocolate que les servía luego, de su propia mano, con aquella sonrisa pícara y suave, la esposa de don Pedro. Recuerda el nacimiento de Carolina, la que iba a ser esposa del preso número nueve, con aquellos ojos azules idénticos a los de su madre, con aquella idéntica desenvoltura, idéntica inteligencia, idéntico humor, idéntica blancura de las manos, de la piel.
Cuando el carro se lleva el cadaver del preso número nueve, don Patrocinio pretexta vagas obligaciones parroquiales para no reunirse con los demás, para alejarse, solo, camino del cementerio. Allí, busca el mausoleo de los Salazar. Llega. Dentro está la tumba de Carolina, pero no puede entrar porque, naturalmente, la puerta de reja está cerrada y no estaría bien -ni sería prudente- pedirle las llaves al enterrador, de manera que permanece allí sólo un instante y después se aleja por un camino cualquiera, desgranando una larga oración por su hija.

sábado, 12 de marzo de 2011

LA CIUDAD Y EL MUNDO (I)

Por fin, una editorial en lengua castellana ha tenido el valor de publicar Restos de la Esfinge de Dzevan Ilimi. Con el sello bonaerense Ediciones Cefalea, ha aparecido (para enriquecer los escaparates de nuestras librerías, siempre menesterosos de talento), la cuidada versión de Zelda Nélida Wissenbolt, precedida de un estudio suficiente. La vergonzosa postergación de Ilimi, cuyas obras jamás se han traducido a otras lenguas que la suya (con excepción de una lejana edición francesa)...
- ¿Qué le pongo, señor?
- ¿Cómo que "qué le pongo"? ¿qué me va a poner? ¡pues un café, como siempre!
- Dispense, señor, soy nueva.
- ¿Dónde está Higinio?
- ¿Higinio, señor? No conosco.
- Es igual, vaya y tráigame el café.
Está todo Madrid igual, hasta arriba de sudacas, la madre que los parió. Higinio se habrá jubilado, o igual se ha muerto. Últimamente estaba algo tardo. En fin, por dónde iba, tatá, tatá, tatá, ah, sí.
... carece de móviles literarios, como suele ocurrir, y se debe a motivos políticos, a saber: su nunca demostrada colaboración con las SS durante la guerra y su no tan clara condición de confidente del KGB en los días que siguieron a la Primavera de Praga. En realidad, y pese a toda esta trama de calumnias que pesa sobre él, Dzevan Ilimi fue un espíritu libre en tiempos de esclavitud: es, me atrevería a afirmar, el último europeo.
- Su café, señor.
El café y el tique, por si se me olvida que tengo que pagarlo. Hay que joderse. Por lo menos, el que sirve los cafés sigue siendo el mismo; la negra ésta no habrá tocado la taza, esperemos.

martes, 8 de marzo de 2011

LA MIEL EN ENERO (I)

Inclino ligeramente la cuchara hacia mí, pero la miel no se mueve; me ha costado sacarla del tarro, porque el frío la ha coagulado. Creo que coagulado no es la palabra, quizá densificado esté mejor. Es una miel clara y, si miras a través de ella (a través del tarro, por ejemplo) no ves el mundo como es, con su silla de cocina rota y sus baldosas manchadas de sangre, sino como te gustaría que hubiera sido, como podría haber sido si no hubieras llamado a esta puerta hace cinco minutos. Cuando yo era niño, me pasaba las horas muertas como estoy ahora, con la cucharada de miel delante de los ojos, inclinándola hacia mi y comprobando que no caía, que no se movía porque estaba demasiado densa. Espesa es mejor todavía. Luego, sumergía la cucharada en la leche humeante y la agitaba, dándole vueltas; la leche iba tomando un color caramelo pálido; luego la probaba, sólo con la punta de la lengua, y escapaba de este mundo. Ahora no puedo salir de este mundo porque la cocina no funciona y no puedo calentar la leche; con leche fría no puedo salir de este mundo. La miel la hacía mi abuelo; bueno, la hacían las abejas, claro, pero las colmenas eran de mi abuelo. Cuando lo hacía de niño, yo era feliz y aún no había matado a nadie.

miércoles, 23 de febrero de 2011

THIS IS THE MORE

Tras examinar una página del "Sidney Mercury" (16/ 8/ 2007, pag. 14), y no repuesto aun de mi estupor, copio lo que sigue:
"Asturias, beloved country,
Asturias of my loves,
Who can to be in Asturias
In no more than sometimes.
I can to climb up in the tree,
I can to pick up the flower
And guive it to my browny
To she put in in the balcony,
To she put in in the balcony,
To she don't put it (in the balcony),
I can to climb up in the tree
And the flower I would have to pick up."

lunes, 14 de febrero de 2011

ESCLAVO DEL MAL

Señor de las Tinieblas, escúchame y no me calientes más la sangre.

sábado, 22 de enero de 2011

EL MARRÓN

Esto es un supervillano que por fin consigue apoderarse del Mundo y ahora qué.

sábado, 8 de enero de 2011

UTILIDAD DE LOS MARIDOS. I. Abrir tarros

Algunos maridos se niegan a abrir tarros, pero son los menos y, en su mayor parte, se niegan porque no saben, con lo fácil que es abrir un tarro.
- No te creas, tiene su truco. Hay tarros muy tenaces a este respecto, son como maridos musulmanes.
- ¡Cómo miusulmán? ¿Qui tiene que ver? Yo abro tarros.
- ¡Pero, de qué estamos hablando?
- De tarros.
- De maridos.
- De maridos que abren tarros.
- De la capacidad que pueden tener los maridos de abrir tarros.
- Yo tengo un chisme para abrir tarros. De los chinos. Le das así, y hala.
- Eso es trampa y, además, es una mierda. Yo lo probé y ni cabe en los cajones.
- Además, se rompe enseguida. Hasta el de IKEA es mejor.
- ¿El eléctrico? Da corriente.
- Es que no hay que enchufarlo.
- Ya los maridos griegos abrían tarros.
- Ánforas, será.
- Bueno. Y se ha encontrado un papiro egipcio...
- ¿Peró, tú de dónde sacas esas cosas?
Basta. Sigo. Con esta introducción quería decir que la mayoría de los maridos sí servimos para abrir tarros.
- Y las parejas.
- Y los amigos con derecho a roce.
- ¿Todavía seguís siendo sólo amigos? ¿Ni abriéndole tarros?
- Será mejor lo tuyo.
¿Puedo seguir? Y no sólo servimos, sino que de hecho lo hacemos, aunque no todos los maridos sirven para abrir todos los tarros.
- Los de los pepinillos son los peores.
- Nu is para tanto. Métele la cuchillo así hasta que haga pop.
- ¿Y no podían inventar un abrefácil para tarros?
Ahí quería llegar yo. Ha salido, efectivamente, al mercado un modelo de tarro con abrefácil: es el enemigo. Porque, de la misma manera que hay maridos que ni para abrir tarros sirven, los hay también (y no son pocos) que sólo sirven para abrir tarros. ¿Y qué sería de ellos si este prototipo tiene éxito entre las marcas comerciales, como es de temer? En la calle los veo.
- O en el sofá, que es peor.
El peligro es evidente y, me temo, inminente. Sin embargo, no dejemos que el pánico cunda entre nuestras filas, pues no todo está perdido. Debemos diversificar nuestras capacidades. A ver, ideas.

UTILIDAD DE LOS MARIDOS