domingo, 26 de diciembre de 2010

CRIMEN FAMOSO (VI)

La libreta que extrajo del bolsillo era, para su moderada sorpresa, igual a la suya. La abrió por su primera página y allí, siguiendo la rayas impresas destinadas a tal fin, estaba escrito el nombre y la dirección del propietario: Joao Bento Corvo de Sa, rúa Mestre Afonso 19, Alves. Como el resto de lo escrito en sus hojas, estas dos líneas estaban trazadas con letra pequeña, esmerada y precisa.
Unas horas antes, al caer de la tarde, cuando la nube de mirones anónimos se había ido disipando un tanto, empezaron a aparecer por la zanja, para ver el cadáver, los notables de Beltraneja. Cuando Urbano estuvo allí de vuelta, después de haber pasado por La Machacona y haber interrogasdo a la propietaria de la pensión, su marido y algunos inquilinos, se encontró con el médico y señora, que habían aprovechado su paseo del atardecer para acercarse hasta el lugar de los hechos. Se me había olvidado mencionarlo, pero don Espartaco Holguín, el médico, ya había estado allí un poco antes, a requerimiento del propio Urbano, para reconocer y redactar parte de la muerte del muerto y -lo adelanto por si me vuelvo a olvidar, ya que este personaje, no sé por qué, me cae mal- poco después, tras el levantamiento, recibiría el cuerpo en las dependencias municipales para practicarle la autopsia. El caso es que el médico estaba allí cuando Urbano estuvo de vuelta. Don Espartaco le preguntó por el curso de la investigación y Urbano le adelantó, un poco ingénuamente, que la única novedad había sido el hallazgo de las gafas de la víctima a pocos metros del cadáver. "¿Y quién le dice a usted que pertenecen a la víctima, hombre de Dios? ¡podrían pertenecer a cualquiera!", le espetó don Espartaco con suficiencia . El teniente Urbano, sin decir una palabra, miró a su alrededor. Caía la tarde furiosa sobre el secarral, donde el pálido camino de Membrillar, arrastrándose entre matojos y encinas, era el único rastro de la existencia humana; luego volvió a mirar al médico, como se mira a un imbécil incurable y, con una sonrisa venenosa, pero suave, le preguntó a don Espartaco: "¿A quién, por ejemplo?"

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