lunes, 15 de noviembre de 2010

CRIMEN FAMOSO (V)

El hallazgo de las gafas dio lugar, en la compleja mollera del teniente Urbano, a una serie de conexiones no lógicas, pero sí razonables. Unas gafas, una levita, una barbita. faltaba, pues, un elemento que debía encontrarse necesariamente en el bolsillo interior izquierdo. Los dos números se habían buscado una sombra, y desde ella miraban, sin demasiada curiosidad, al teniente. El cadáver no podía tocarse hasta que el juez ordenase su levantamiento, y ni siquiera de manera furtiva podía hurgarse en el tal bolsillo, porque se encontraba debajo del cuerpo; Urbano, de todas formas, no lo necesitaba ya: no tenía duda alguna sobre la identidad del muerto: era el portugués que le había robado el premio. "Robado" no era, desde luego, la palabra justa, pero sí la que el ofendido oficial, poeta y músico tenía en mente desde que, unas horas antes, había escuchado el nombre del ganador en la sala de plenos del ayuntamiento. El individuo con la cabeza abierta que estaba ahí abajo, en el fondo de la zanja, no podía ser otro que Joao Bento Corvo de Sa. ¿Quién no conocía, en el mundo de la charanga patriótica, a aquel pajarraco que no podía hacer más honor a su apellido? Pero no era momento para eso, sino para empezar a averiguar quién (o quiénes) y por qué lo había (o lo habían) dejado ahí con la cabeza machacada, aunque tal investigación no sea, en realidad, asunto suyo, sino del señor juez. Explicar los motivos por los que el teniente Urbano Matías Corbalán se mete siempre en este tipo de inquisiciones (como se metió, en su día, en el asesinato del melonero y en el caso del maestro de escuela que se encontró ahorcado) nos llevaría no adonde queremos llegar sino a otro sitio, que se señalará en su momento si se nos ofrece la ocasión (si no, no). Ahora, sigamos.
A las once de la noche, como se dijo más arriba, precedido del teniente Urbano, hizo su llegada al lugar de los hechos el juez, a quien acompañaba un personaje que resultó ser su sobrino. Hasta la hora dicha, los dos números habían custodiado el cadáver; Urbano -que, una vez tomadas las notas pertinentes, se volvió a Beltraneja para hacer averiguaciones por su cuenta-había dado orden a uno de ellos de que trajera una manta del cuartelillo, para cubrir decentemente el cuerpo hasta que fuera levantado, y así se hizo. Con todo, los números se pasaron todas aquellas horas de solajera espantando a los mirones porque, en cuanto se supo en el pueblo lo del muerto del camino de Membrillar, vinieron a montones. A culatazos no, porque lo trenían expresamente prohibido en estos casos, pero sí a empujones echaron para atrás a la gente que no era de respeto; a los que iban decentemente vestidos, les daban alguna somera explicación, y a los que mostraban alguna posición (leontina de plata, diente de oro, cuello almidonado incluso con tal calor, etcétera) accedían incluso, en algún caso, a levantarles la manta para que echaran un vistazo a los sesos del portugués, aclaraándoles antes que esto no deberíamos hacerlo, pero tratándose de usted, etcétera. Cuando, como hemos dicho, el juez y el sobrino se personaron, los números todavía tenían tarea con los que llegaban. Una vez aventada la gente, a la luz de un par de linternas de petróleo se procedió a la inspección ocular del lugar y el cadáver. Cuando pudo por fin voltearse el cuerpo y la levita se liberó de su peso, Urbano tuvo la oportunidad de meter la mano en el bolsillo interior izquierdo, del que sacó, efectivamente, lo que estaba buscando.