sábado, 30 de octubre de 2010

EL PRETENDIENTE VENIDO DE LEJANAS TIERRAS (y III)

Más ante la actitud despectiva que ante el acento, el Mayordomo Mayor queda desconcertado.

- ¿Y tú de dónde sales?

El hombre empapado que está sentado encima del arcón eleva ligeramente una ceja.

- ¿"Tú"? ¿Hadz dichio "tú", perrrro?

El Mayordomo Mayor no puede abrir ni cerrar la boca. El hombre empapado cierra los ojos, dando señal de cansancio, los abre de nuevo y clava la mirada en la del funcionario.

- Me liamo Fladimir Ulan Drajan de... fueno, a tí no te impiorta. Le impiorta al erei, a la ereina y a la pirindzedza.

El funcionario, pidiéndole mil perdones por la confusión, ordena dar la noticia de la llegada de un nuevo pretendiente para la princesa. Cómo iba él a suponer. Como estaba en la cola de los bufones...

- ¿Bufiones? ¿Iran bufiones idzos? Pendzé que iran cavalieros.

- ¿Caballeros, señor, esos?

- Dzí, los cabalieros dze fertat dzon adzí.

En este reino, el protocolo estipula que todo pretendiente real tenga audiencia con su prometida en presencia de la corte en pleno, de manera que la chusma palaciega (cortesanos y familia, pajes, meninas, servicio, guardias y demás) esté presente, junto al rey, la reina y la princesa, en la recepción. Juntarlos a todos en el salón del trono lleva muchas carreras, agobios y sudores, y no poco tiempo. Por fin, todos ocupan sus puestos a ambos lados de la larga alfombra que lleva al estrado, donde la princesa aguardaba (flanqueada por sus papás) al hombre ya seco que avanzaba por ella, seguido de dos criados cargando con el arcón. El hombre camina decididamente, cubierto aún por la misma ropa gastada que llevaba en el patio. Su paso y su porte no hubieran sido otros de ir armado de todas sus armas y cubierto por una armadura de acero milanés. La princesa, que ya estaba hecha a semejante calaña de farsantes, lo mira divertida.

- ¿Venís de muy lejos, señor?

- Para mí nata edz lekhodz, altedza.

- ¿Vuestra lengua es...?

- No dzé cómo dze liama, altedza, o cómo la liaman lodz demátz.

- Parece húngaro, sí. O polaco.

- Pueno. Como kusteis, altedza.

- Bien, no importa. ¿Qué me traéis?

- Lo que pedítz.

- ¿La cabeza de un dragón?

- Iusto. Dzí, altedza.

- ¿De qué clase de dragón?

- No dzé. ¿Hai cladzedzs de trakones, altedza?

- Muchas. Abrid el arcón y saldremos de dudas.

La princesa está resignada. Dentro de un momento, se verá obligada a usar de su mordacidad para despedir al pobre impostor, que deberá retirarse, con el rabo entre piernas, ante la sorda irrisión de la corte, las miradas de desprecio de las doncellas y el abucheo de los pajes. En el fondo, le dan pena. El pretendiente responde a su petición levantando una mano, en señal de solicitar permiso.

- ¿Por qué no lo afrís fos misma, altedza?

Y, sin aguardar respuesta, indica a los criados que suban las tres escaleras del estrado cargando con el pesado arcón. Ante el estupor de la princesa por tanta desfachatez, lo hacen y se lo ponen a los pies.

- ¡Qué hacéis, señor? ¡Es costumbre de vuestro país?

- ¿Il qué, altedza? ¿poner arcones con cabedzas de trakón a los pies de prindzedzas? No. Es costiumbre mía.

Entre el público cortesano hay una corriente de ironía soterrada, un murmullo de satisfacción. No es habitual ver a la princesa perdiendo la color. Perdiendo la compostura.

- ¿Lo... lo habéis hecho muchas veces, señor?

- Dzí. Muchídzimas. ¿Lo abrís, altedza?

La princesa duda un momento. Suspira. Prefiere no mirar alrededor.

- Está bien. Mandad a los criados que levanten la tapa.

- Noooó nononó, altedza, lodz criatodz no. Fos, piersonalmiente.

- ¿Yo?

- Es para Fos.

La reina no puede ya con su inquietud, y hasta el rey ha rebullido en su trono, saliendo de su modorra, para ver qué pasa. Por fin, la princesa se decide y alarga hacia la tapa su blanca mano, corre el pasador y la levanta. En ese instante, unas escamas verdes, unos ojos voraces, unas fauces abiertas se abalanzan sobre ella y la obligan a dar un grito, a saltar para atrás, a caer de culo ante la unánime carcajada de los allí reunidos, incluyendo a sus desalmados padres. La reina llora de risa; el rey se revuelca por el suelo, sin poder contenerse; la duquesa de Briec y casi la totalidad de las doncellas se están meando. Algunas dejan charquito. La princesa tarda unos segundos en darse cuenta de que está allí, caída de espaldas, mirando cómo se bambolea, en el extremo de un resorte, esa cabeza hecha de madera y cuero pintado. El rey, cuando consigue parar de reir, ponerse de pie y recuperar algo la compostura regia, se limpia las últimas lágrimas y se dirige al Mayordomo Mayor, señalando al hombre del arcón.

- Echa a los del patio. ¡El puesto es suyo!

1 comentario:

Antonius Block dijo...

MUY BUENO
... nada como la audacia,
http://www.youtube.com/watch?v=3xxdkEzUpNM&feature=related

Ya lo creo que sí,
http://www.youtube.com/watch#!v=g0hyRk19oDQ&feature=related