viernes, 15 de octubre de 2010

EL PRETENDIENTE VENIDO DE LEJANAS TIERRAS (II)

La princesa ya está harta, francamente, de que intenten darle gato por liebre. Desde luego, lo de la cabeza del dragón fue una excusa para quitarse a su madre de encima, pero la reina se lo tomó en serio y mandó hacer una proclama (con envío de mensajeros a los reinos circundantes, inclusive) anunciando la apertura de la convocatoria. Semejante noticia se extendió como reguero de pólvora entre los interesados, que en ningún caso eran príncipes herederos, sino los hermanos de éstos. Nos explicaremos.

En cada casa real, los primogénitos tienen asegurado el futuro, más o menos: heredarán el reino; sin embargo, para los segundones el porvenir resulta mucho más incierto. En cuanto pueden, sus padres se los quitan de encima endilgándoselos a algún familiar, al arrimo del cual los chicos aprenden el oficio y suelen acabar armados caballeros. Hecho esto, el familiar los pone de patitas en la calle, a que se busquen la vida. Ellos van de acá para allá, sin tener donde caerse muertos y haciendo los bolos que les van saliendo (torneos, guerras y así) hasta conseguir -con suerte- la mano de alguna rica heredera que los retire. Los pocos afortunados que alcancen esta bicoca vivirán de las rentas por siempre jamás.

A raíz de la llamada de la reina, pues, a la princesa le llovieron los buscavidas de sangre azul desde los cuatro puntos cardinales. Esgrimían toda clase de burdas falsificaciones, intentando hacerlas pasar por trofeos de lepidonte flamígero: cabezas de cocodrilo, cráneos de elefante, mandíbulas de tiburón o retales de toda clase de bichos cosidos entre sí del modo más grosero. Incluso hubo uno que se presentó con un oso disecado. Hasta la reina ha dicho basta, y está por cambiar de plan ya que -piensa ella- tener a un imbécil como yerno, a la larga, es malo para el negocio. Así están las cosas esta tarde cuando sucede lo que sigue.

Termina el verano. Las nubes color acero y el aire quieto llevan rato anunciando el chaparrón, que cae de repente sobre los desgraciados aspirantes a bufón hacinados en el patio de armas. Corren a refugiarse donde pueden: junto a los muros, bajo los aleros, debajo de los carros. Todos huyen, excepto él. Una figura espigada se empapa en el centro del patio, imperturbablemente sentado sobre la tapa de un arcón, bajo el aguacero. El agua azota con rabia, encharcando el suelo de tierra y sólo él la desafía, ensopado. Cuando deja de llover, mientras las gotas pingan desde las tejas, los otros bufones se le aproximan. No pestañea siquiera. En ese momento, el Mayordomo Mayor sale por una puerta y pregunta quién es el siguiente. "Io lo dzoi", contesta el del cofre levantando la voz. Sin expresión, sin mirar a nadie, sin levantarse.

1 comentario:

Antonius Block dijo...

CON LO BIEN QUE IBA LA COSA
... y resulta que el tío es italiani. Habiendo samuráis, caballeros ingleses, y hasta franceses. Hay que ver.