lunes, 21 de junio de 2010

ET IN ARCADIA, EGO

Los pies descalzos oscilan a dos palmos del suelo marrón. La muerte de las hojas, que da ese color al lecho del bosque, las ennegrece. Están húmedas y podridas. Fermentan. Olor a setas. Helechos. Líquenes. Troncos. Los pies endurecidos, los tobillos secos, el vello sobresalen de las perneras de pana remendada. Los pies se mecen, el izquierdo conserva un espasmo. El bosque sombrío. Cruza un pájaro silencioso, elude al hombre. La oscuridad llegará pronto aquí. En el valle se alargan las sombras, lentas como bueyes. Sus pies largos van y vienen. Van. Vienen. Van. Vienen. Las manos de bronce pesan. En lo profundo, el martilleo del pájaro carpintero. Subió hasta el regato por el camino, luego pasó el rumor del agua, saltó unas cercas y cruzó el prado en cuesta. Unos pasos más y ya los primeros troncos. Buscó, entre las ramas, la que más le convenía. Del prado llega el graznar de las dos cornejas, que descienden al verde oscuro y se pasean. Una se detiene, pica entre las hierbas. La tarde se oscurece. El hombre encontró la que buscaba y se quitó las abarcas sin prisa. Que sirvan para otro. Los pies descalzos levitan sobre las hojas. En el otro extremo del hombre comienza la soga.

lunes, 7 de junio de 2010

TAMAÑO INFORTUNIO (Historia galante)

Amor mío. No, mejor: Querido mío. Tampoco. Mi querido. Sí, así, sin poner su nombre. Esta vez lo entenderá. Si no lo entiende ahora, es tonto de remate. ¡Ay! ¡ten cuidado, palurda! Esta bestia acabará por arrancarme los pelos; ya se debe de llevar la mitad en el cepillo. A ver: dos puntos, aparte. No puedo esperar más: él lo sabe o, si no lo sabe, muy pronto lo sabrá, porque no puedo seguir disimulándoselo. Ahora está en la Corte, como de costumbre. No creas que porque no sé leer no sé lo que te traes entre manos, puta. Ven pronto a por mí, te lo imploro de rodillas. Le estás mandando otra carta al de este verano, que te saldrá rana, lo mismo que el del verano pasado y el del anterior y el del otro. ¡Ay! ¡Ni pasar un cepillo sabes, puerca! ¡Vete! Descuida, que te dejo sola. Bueno, voy a hacer con que te arreglo la cama. Necesito mirarme de nuevo en tus miradas, reconocerme en tus versos encendidos, sentirme por fin en tus prometidos brazos. Acude. Qué más le pongo. Yo creo que con esto bastará para que espabile. ¿Pero sigues aquí todavía, Tomasa? ¿No te dije que me dejaras? ¡Vete ahora mismo! Descuida, zorra, que te dejo en el guindo. Pero verás cuando veas que a ése le pasa lo que a los otros: ni tu marido la tiene tan pequeña.

martes, 1 de junio de 2010

EL DÉCIMO CÍRCULO

Incluído Dante y con una sola excepción, cuantos han escrito sobre las penas del Infierno han olvidado sistemáticamente, digámoslo así, refereirse al décimo círculo. Esa excepción a la que nos referimos fue el P. Javier María Zurriagoitia (S. J.), que en el quinto tomo de su monumental De re diabolica (Madrid, 1876) sí trata extensamente sobre este particular. Nos dice el Padre Zurriagoitia: "... y allí se encuentran, condenados a la eternidad de sus suplicios, aquéllos réprobos que, sin haber cometido propiamente pecados capitales ni corrientes, sí han incurrido en faltas contra la decencia, el buen sentido o la simple urbanidad, desviaciones que Nuestro Señor -aunque pudiera no parecerlo- tiene muy en cuenta en sus evaluaciones finales. Por ejemplo, y para que se me entienda, no están allí los avarientos ni los ladrones (que tienen su propio círculo y sus propios castigos), pero sí los tacaños, los cutres y los horteras; del mismo modo vimos en aquel lugar, cuando por allí pasamos, a infinidad de chivatos, chapuceros, lloricas, tontainas y bocazas".

Ejercicio práctico: piensa en cinco personajes famosos que estén destinados a ocupar este lugar e imagina a continuación suplicios eternos adecuados para ellos, por ejemplo:
CUTRES.- beber eternamente una caña templaducha, acompañada con una ración de tortilla fría y seca, en una mesa coja de Cruzcampo por la que se acaba de pasar el trapo.