lunes, 16 de noviembre de 2009

SAGA. La trilogía que no pienso escribir (I)

UNO
Los barrios altos
1928. Chicago. Joven taquimecanógrada arrebatadora, de oscura extracción social, escala vertiginosamente puesto tras puesto en su trabajo, hasta convertirse (capítulo tercero) en la secretaria particular de un Coloso de la Industria Siderúrgica Norteamericana. Una mañana, durante su tiempo libre, conoce al tarambana del hijo menor del coloso antes mencionado y se, digamos, enamora moderadamente de él (capítulo quinto). El tormentoso deseo los arrastra a ambos a lugares sórdidos (pensiones infectas, barrios delictivos, tabernas patibularias), los lleva a sitios apacibles (lagos tersos, bosques otoñales, estaciones de esquí) y los sitúa en ambientes sofisticados (cócteles, cenas, teatros, intelectuales y artísticas conversaciones), todo ello impecablemente documentado (nos encontramos ya en el capítulo siete). Esquivando la oposición de los padres de él, se casan en secreto y se marchan a París (capítulo once), donde al principio todo es vino y rosas; pronto sólo queda el vino y, al final, ni eso (capítulo dieciséis). Cada uno hace su vida, ambas ejemplarmente disipadas, donde hay absolutamente de todo cuanto un/a lector/a puede esperar de una historia así. En un momento dado, cuando la miseria los agobia, llega un cable con la grata noticia de que el Coloso ha fallecido de un infarto y deben acudir a Chicago. Ella -embarazada no sabe exactamente de quién-, lo sigue de regreso a Chicago, donde se enteran de que la Viuda del Coloso va a controlar legalmente la herencia hasta su propio fallecimiento, quedándoles a ellos, de momento, una suficiente pero no significativa asignación (capítulo veinte). El parto de ella resulta ser niña y, al día siguiente (estamos a finales de 1929), se produce el crack de la bolsa de NY, por lo que se esfuma su parte de la herencia (capítulo veinticinco). La asignación, sin embargo, se ha salvado: la ex-taquimeca había hecho invertir a su marido en acciones de una petrolera que no sólo no ha quebrado, sino que está creciendo como la espuma etcétera. La suegra, no pudiendo soportar su humillación, se quita la vida arrojándose al metro. Son muy ricos y se trasladan a un exclusivo lugar de Long Island. Desde el hermoso ventanal del amplio salón hay una incomparable vista del Hudson (capítulo treinta y uno y último).