miércoles, 21 de octubre de 2009

PLASMA

Con calma, amparado por la nocturnidad, el tirador introduce un único proyectil en la recámara de su rifle y enfila su objetivo a través de la mira telescópica del arma, provista de visión infraroja. A lo largo y a lo ancho del rectángulo corren los jugadores, semidioses de nombres míticos que driblan, pasan, retienen, retroceden, avanzan, disparan en el centro de una gigantesca masa anónima y ferviente, que ostenta miles de bufandas y banderas. El tirador no tiene prisa, desde luego, y sabe el momento exacto en que debe apretar el gatillo; también sabe que no fallará, a esta distancia no puede fallar, de manera que se entretiene observando cómo Rómolo pasa la pelota a Giordani que retrocede y vaya la pierde la tiene ahora Hopkins que la pasa a Jenkins Perkins otra vez Hopkins que corre sin perder pero falta falta faaaltaaaaaa el árbitro el suizo Jacques Meetrich no ha visto nada sigue el juego la tiene ahora Gaetano Gaetano Gaetano y penaaaaaaaaalty penalty penaltypenaltypenalty ahora sí tenía Meetrich los ojos abiertos protestas pero al final bueno parece que va a tirar Da Romano nerviosismo en los dos banquillos consultas sí por fin va a tirar Da Romano se concentra golpea el suelo con la puntera de la bota izquierda como siempre se santigua si ahora sí se lanza mientras el proyectil, dejando atrás la boca del silenciador, alcanza con precisión su fácil objetivo, señalado ya por el puntito del haz infrarojo, y, ante el estupor y luego la ira incrédula de los tres tifosis que ocupan el sofá, estalla la pantalla.

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