viernes, 24 de abril de 2009

EL DÍA DE LOS INMORTALES

Todos los años se celebra, ¡se celebra!, el día 23, la muerte de Cervantes. Ya muy entrado abril, libros y rosas brotan en las ferias, niños extrañados leen en público, pequeños hombres pronuncian palabras grandes y baterías de plumíferos previstos firman ejemplares. Muy bonito, muy floral todo. Durante años, yo acudí en ese mismo día de abril al cementerio de Valladolid, a revisar la lápida de alguien que apenas conocí en vida; con lluvia unas veces, con sol o con viento, me acercaba solo al lugar donde estaba el nicho y sonreía al leer el epitafio.
La madrugada en que velamos a aquel hombre tenía yo diecisiete años. Unas semanas antes, mi tío Antonio y yo habíamos ido a visitarlo a su casa, en la Acera de Recoletos; el hombre estaba tomando el sol junto al ventanal y parecía una iguana con gafas; sin embargo, no tenía muy mal aspecto. Por entonces, yo estaba decidido a ser poeta o no ser nada, pero aquella visita y lo que sucedió después, en el velatorio, me hicieron ver que se podia ser ambas cosas a un tiempo, y esto me curó. Quiero explicarme.

La noticia de la Muerte del Poeta llegó a casa con mi tío, a la hora del café. Era domingo, y mi padre disfrutaba tenazmente de su puro y su coñac cuando irrumpió su hermano, un poco teatral, con la mala nueva.

- ¡Ha muerto! ¡don Senén ha muerto!

- ¿Qué? -quiso saber mi padre.

- ¿Cómo que qué? ¡que ha muerto don Senén!

- ¡Ah! -asintió mi padre, forzando una cara de circunstancias.

Mi tío y yo acudimos sin pérdida de tiempo al domicilio doliente. Lo esperábamos atestado hasta la calle por toda clase de personalidades de la república de las letras, pero sólo estaban allí, rodeando al finado, su viuda y media docena de vecinas, todas ellas -por decirlo así- de la misma promoción. Al entrar en la salita, doña Sagrario, silenciosa y como ausente, parecía muy entera; con el paso de las horas, me di cuenta de que no se trataba de entereza. Mi tío, miope ante todas las cosas, dejó la casa para dirigirse a las oficinas de El Norte y reclutar a alguien que tomase nota de la irreparable pérdida con destino a la edición del día siguiente, fecha entre las fechas; poco después, de regreso en la sala, me susurró que no había sido necesario reporter alguno: en los archivos del periódico -le aseguraron- ya tenían preparada una amplia necrológica, por si acaso.

Éramos los únicos hombres del velatorio y, cuando una a una las vecinas fueron desfilando en retirada, los dos nos quedamos con doña Sagrario y el cadáver. No sabíamos qué decir y, como la casa era de respeto y cortinajes, tampoco era cosa de salirse a fumar al pasillo dejando a la viuda sola con el muerto. Así pues, aguantamos el tipo horas y horas. Ya de madrugada, los zapatos me mordían los pies y acabé olvidando por qué estábamos allí. Para pasar el rato, me dediqué a observar a doña Sagrario -con el pertinente disimulo, claro está. Era una anciana pequeña y compuesta, de perfil antiguo, cuyas fuerzas estaban concentradas en sus ojos, duros y brillantes como escarabajos. Apenas hizo un movimiento ni abrió la boca en todo el tiempo que estuvimos allí. Inesperadamente, sin mirarnos, se dirigió a nosotros con una sola palabra.

- Márchense -para disipar nuestro estupor, renovó su orden.

- Buenas noches -nos dijo, sin dejarnos elección.

Nos miramos, nos levantamos con el menor ruido posible y nos retiramos por el pasillo adelante. Cuando cerrábamos la puerta de la calle, alcancé a escuchar algo que mi tío fingió no haber oído. Se lo estaba diciendo al cadáver. Lo dijo despacio, irritada.

- Un día más que hubieras aguantado y te morías a tiempo, so memo.

Asistimos al entierro, desde luego. La ceremonia no pudo ser más penosa: la viuda, nosotros dos, las mismas vecinas y algunos maridos arrastrados hasta allí fuimos los únicos en despedir al Poeta Muerto. No lo recibió una tumba en el suelo sino un nicho, al que los enterradores subieron el féretro no sin trabajo, para cerrarlo a cal y canto acto seguido. La lápida se colocó unos días después. Cuando llegamos a ella, provistos de las pertinentes flores pudimos verla ya instalada, de mármol sobrio. Y en la placa, el nombre y los apellidos que nadie iba a recordar, la fecha de 22 de abril y, cinceladas en rotundas mayúsculas romanas, las tres palabras del epitafio: ni morir supiste.