domingo, 22 de febrero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (III)

III
En 1946 Colonia era una extensión arrasada, lunar. Al final de la guerra, los salvajes bombardeos de los aliados la habían reducido casi a la nada barrio por barrio, calle por calle; hacia el cielo se levantaba tan sólo una de las torres de su catedral. Por entre las ruinas muertas vagaban como fantasmas de niños famélicos, mujeres derrumbadas, viejos vencidos y algunos hombres, siempre huidizos. Yo tenía entonces el grado de capitán; no era militar, pero al alistarme, gracias a mi título universitario, me adjudicaron el grado de teniente y pude pasar aquellos años bajo la seguridad de un puesto próximo al general Bradley. Nada de esto hace al caso, ahora que lo pienso pero, ya que he empezado así, añadiré que llegué a Berlín sin haber pegado un solo tiro, circunstancia que me disgustó (eran años de grandes palabras) hasta que visité Colonia. Vinimos a salvar Europa y habíamos hecho esto a un país. Después de la guerra permanecí en Alemania, como oficial de enlace del mando norteamericano con los de las otras fuerzas de ocupación, lo cual me brindó, además de mucho tiempo libre, la oportunidad de recorrer todo el país. No era un país, sino un cadáver triturado; la tarde que llegué a Colonia no fue diferente a cualquier otra tarde: el jeep me llevó al ruinoso alojamiento sorteando carcasas de edificios, solté mi petate y me metí en la cama para dormirme al instante. A la mañana siguiente, después de tramitar órdenes y entregar sobres, di un paseo. Solo. En ese paseo se determinó mi futuro.
Yo había sido, hasta que me alisté, profesor del Departamento de Lenguas Orientales de la Universidad de Pennsilvania y, desde luego, mi interés seguía centrado en ese campo; entendía que la guerra (toda una guerra, con sus cincuenta millones de muertos, con su Hiroshima) no era más que un paréntesis en mi carrera, y de hecho así ocurrió, pero no lo retomé donde lo había dejado. Contaré por qué. La mañana de febrero era hostil, no simplemente gélida; la gente sobrevivía, ya se había acostumbrado a su miseria y yo caminaba con la cabeza baja, disimulando, sin atreverme a mirarlos y seguro de que ellos me observaban, ya sin odio siquiera. Por eso, porque avanzaba con los ojos en el suelo, de repente me encontré que, un metro delante de mí, alguien me cerraba el paso; levanté la vista y vi a un hombre de aspecto suplicante que me ofreció, en un inglés caótico, toda clase de cosas que rechacé; nuestro inútil intercambio de razones no duró más de un minuto, al cabo del cual me miró en silencio, como si en ese instante me reconociese; su arruinado rostro se abrió en una sonrisa indescriptible y me dijo: *por fin has llegado"; acto seguido, me hizo un ademán para que le siguiera y comenzó a caminar entre las paredes muertas. Yo conocía casos cercanos de confiados militares desaparecidos de esta manera, cuyos cadáveres habían sido hallados después, desnudos entre los escombros pero, aunque ni siquiera entonces era un hombre valiente, decidí seguirlo, por simple curiosidad. Aquellas palabras y aquella sonrisa debían significar algo y yo necesitaba saber qué, igual que necesitan los niños saber qué hay al otro lado de la valla. De cualquier valla. Caminamos, él delante y yo detrás, unos diez minutos en los que no volvió siquiera la cabeza; en un momento dado se detuvo, se giró hacia mí, me dijo "espera aquí" y se alejó. Casi al instante, asomó la cabeza desde una ventana y me indicó que entrase por lo que fue un portal. Una vez dentro, me sorprendió que existieran escaleras casi intactas, subí por ellas hasta el primer piso y allí encontré una puerta abierta: no un hueco negro, sino una verdadera puerta de roble antiguo con amplia mirilla de bronce, de diseño modernista. Recorrí un pasillo y llegué a una habitación atestada de papeles. Allí me esperaba él, que me extendió unos folios manuscritos. No parecía en absoluto el mendigo suplicante de unos minutos antes. Me dijo "es todo lo que queda. Tómalos y vete". Lo hice, sencillamente. Ni siquiera volví la vista atrás. En cuanto estuve en mi alojamiento, me senté en la cama y los examiné. Eran muy viejos. No antiguos, viejos; eran de papel pobre y tenían los bordes gastados (en algunos lugares, quemados); el texto era ilegible o se había perdido en muchos lugares. Por lo demás, era indescifrable para mí. Todo el asunto (el hombre, la casa, el manuscrito que me entregó sin más) me impidió dormir durante algún tiempo.
Unos meses después terminó mi compromiso con el Ejército y pude regresar a mi añorado Departamento. Necesitaba una traducción precisa de aquello, de modo que no perdí un instante:me dirigí al despacho de Raquel Slomm y puse sobre su mesa los cinco folios. Los estuvo examinando, absorta, durante no menos de una hora. Al cabo de ese tiempo me miró con una expresión de incredulidad que no olvidaré nunca. En ese momento nació la Exolingüística. Transcribimos inmediatamente el texto y lo publicamos, sin apenas comentario, en Oriental Languages Review. Hoy hemos reunido algunos datos relativos al autor del manuscrito (incluso conocemos las circunstancias concretas de su muerte, sobre las que tanto se sigue especuilando sin ningún fruto),pero nada nuevo sabemos sobre el manuscrito original, sobre su contenido, su extensión ni las cuestiones que nos permitirían profundizar en la materia de que trata. Seguimos ciegos. Reproduzco aquí la parte del original que me parece más importante para nosotros y que, al menos eso espero, le interesará también a Usted. Se trata de la nota a pie de página numerada como 1312.
n. 1312. No estoy de acuerdo en absoluto con Schlessser en este punto. Lo que él denomina "lenguas sublunares" agrupa en una sola categoría a dos formas de comunicación no ya distintas, sino me atrevo a decir que diametralmente opuestas: los idiomas de los hombres, por una parte y, por otra, las lenguas subterráneas, usadas por los denominados por algunos (con más ridiculez que rigor) "ángeles caídos". Es cierto (y en esto puedo aceptar las razones de mi respetado colega), que tanto unas lenguas como otras son meros dialectos de las verdaderas lenguas angélicas, como se demostrará en el siguiente capítulo, pero no es menos evidente que entre las lenguas humanas y las diabólicas hay tanta distancia como entre los hombres y los demonios. Si tenemos en cuenta que la comunicación entre los seres humanos depende de un aparato fonador, de la existencia de aire y de las limitaciones de un cerebro de origen animal podemos hacernos cargo de la infinita dimensión de tal distancia; si a esto añadimos la existencia de las lenguas escritas (lamentable consecuencia de sus limitaciones intelectuales), la formulación de la hipótesis de Schlesser nos parece, más que inadmisible, meramente pueril. Sin embargo, existe una misteriosa coincidencia entre ambas ramas de lenguas, coincidencia señalada unánimemente por los estudiosos y sin explicar por el momento: se trata de la existencia de una estructura primaria (una palabra, si hablamos de idiomas humanos) común a todas estas lenguas, una estructura cuya mera existencia ha desafiado hasta hoy nuestra capacidad de desciframiento: lo único que tienen en común las lenguas humanas con las subterráneas es la palabra "mañana".
Oriental Languages Review, XXXVII (1946) p. 215