martes, 13 de enero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (I)

Ocurrió en Colonia, al caer la tarde, en uno de los últimos días de noviembre de 1821. Un hombre oscuro, huesudo y largo, cayó de bruces sobre la nieve sucia, en una de la callejas que llevaban a la Fischmarkt Platz desde Gross Sankt Martin; el caído era Mathias Aggenberg. Dos personas transitaban a esa hora por allí, y ambas se apresuraron hasta llegar al ya moribundo; una de ellas era un hombre bondadoso y respetable, pero aprensivo, que dudó antes de acercarse; la otra (un joven desarrapado) casi se abalanzó sobre Aggenberg y, asiéndolo por un hombro, le dió la vuelta; tras hacerlo, se encontró con unos ojos asombrados donde no había miedo ni confusión, sino un extraño fuego. Entonces, desde el rostro enfangado, una boca sonriente pronunció sus últimas palabras, sobre cuyo significado los especialistas nunca han llegado a ponerse de acuerdo, unas palabras tan desconcertantes como aquella mirada, también la última; fueron éstas: "¡Por fin has venido!"

I
Sí. Fui yo quien tuvo la desgracia de escucharlas. Me han ocurrido desde entonces tantas cosas, han pasado tantos y tantos años, que no hablaría de ello si no supiese, como sé, que mi vida desde entonces ha sido la consecuencia de aquel momento. Acabo de decir "tuve la desgracia" y, sin embargo, los días de mi existencia que siguieron a aquél no han podido ser más satisfactorios: soy el patriarca de una amplia y poderosa familia cuya riqueza, diría yo, roza la obscenidad; a mis noventa y siete años doy cada mañana un largo paseo, haga el tiempo que haga, hasta el Hohenzollernbrücke, y junto a él veo pasar el agua, el tiempo. Tengo la cabeza clara, conservo todo mi pelo, como bien, bebo vino, duermo razonablemente y me siento inmortal. Inmortal. Sin embargo, sé que la felicidad no está a mi alcance y recuerdo que nunca lo ha estado desde aquel momento. Me explicaré.
Yo cursaba entonces el tercer año de Medicina y aquella tarde, al ver el cuerpo que caía como un fardo, no tuve nada que pensar: me vi reanimándolo, pidiendo ayuda que llegaría mientras yo lo atendía con eficacia; me vi felicitado en el sentido de "bravo, joven, le ha salvado usted la vida", me vi saludado, admirado, vitoreado incluso al día siguiente por mis compañeros, me vi objeto de la atención de mis profesores, alguno de los cuales me incluiría entre sus ayudantes. Nada de eso llegó a suceder, porque el hombre expiró en cuanto pronunció las famosas palabras; pero sucedieron otras cosas. Unos segundos después de sentir la flojedad del cuerpo que sostenía, escuché a mi espalda pasos que se acercaban a la carrera; cuando estuvo junto a mí, el hombre que llegaba corriendo se arrodilló sobre la nieve negra, desencajado, diría yo, llamando por su nombre al muerto, agarrándolo incluso por las solapas en un intento absurdo de devolverlo a la vida. Yo había acercado ya el cadáver al suelo y me volví hacia el recién llegado; suavemente, le dije "ha muerto, señor". Me miró con angustia, sin soltar las solapas de la levita de Aggenberg; "¿cómo lo sabe?", me dijo; yo le expliqué, lleno de orgullo, que era casi médico, "¿dijo algo antes de... morir?", me preguntó ansiosamente; le repetí lo que había escuchado, y el señor que me acompañaba confirmó que exactamente esas habían sido las palabras. Entonces pareció serenarse y me miró casi con reverencia, me tomó del codo y me invitó a seguirle. La escena había atraído a mucha gente, que se arremolinaba obstruyendo el paso, preguntaba y quería ver al muerto; por fin, apareció la autoridad en la persona de un guardia que me impidió alejarme, debido a mi condición de testigo, etcétera. Siguieron horas de declaraciones, papeles, idas y venidas. En el tumulto, mientras el guardia me impedía violentamente el paso, el hombre aquel se esfumó. Horas después bajaba yo unas escaleras embarradas después de prestar las interminables declaraciones pertinentes y allí estaba él, esperándome en el frío de la calle; entonces sí pude acompañarlo. Sin su presencia, yo nunca hubiese podido entrar en el café que escogió, dado mi aspecto de entonces: el camarero me hubiese cortado el paso en la misma puerta (muy discretamente, claro) y, ya en la calle, me hubiese dado una grosera patada ante la hilaridad de los paseantes. En el momento de sentarnos, un camarero pareció surgir de la nada.

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