jueves, 22 de enero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (II)

II
17 de abril (1826). 12, 35 de la mañana. Tercera consulta. El paciente, como he anotado más arriba, ha manifestado hasta ahora un notable desequilibrio nervioso, el cual tan sólo le afecta cuando toca un tema concreto, el denominado por él mismo "el manuscrito", tema al que se ha referido de manera sistemática, pero desorganizada, en las anteriores consultas, tanto a instancias mías como de manera espontánea. Su forma de expresarse, al hablar de este tema, empieza siendo inconexa y repetitiva, con frecuentes digresiones, pero al avanzar en su comentario, el paciente y su discurso se vuelven estables e incluso rigurosamente lógicos. Lleva un diario (hábito constante en casos como el suyo), de contenido que desconozco, pues lo oculta celosamente e incluso procura disimular la existencia de tal diario. He ordenado que se le provea (discretamente) de lo necesario para escribirlo. Considero que su caso se identifica con la descripción de un alienado pineal, cuya afección se encuentra originada por una anomalía en la temperatura del cerebro. "En la tem pe ra tu ra del ce re bro". Once sílabas.

Sisisisí. Yo permití que lo leyese, doctor. "Sí", "permití". Riman. ¿Qué? ¿Que a quién? Ah, sí, sisí, me pregunta a quién se lo permití, perdone, doctor. Al estudiante del que le habé ayer. ¿Por qué? porque yo estaba convencido entonces, y to da ví a loes toy (ocho sílabas), de que Mathías, mi amigo Mathías Aggerberg, ¿le dije ya su nombre?. Sí. Lo había escrito para que él lo leyera. Sí. Siempre me pareció que aquello, el manuscrito, estaba destinado a una persona en especial, alguien único, un elegido, ¿sabe? Yo supe, desde que lo conocí, que él era el elegido. ¿Por qué? ¿Por qué lo supe o por qué era el elegido? Ah, sí, sisisí, perdone, doctor. Supe que era el elegido porque Mathías le había dicho aquellas palabras, las últimas, ya le dije cuáles eran ¿se acuerda? Usted las anotó, tiene que acordarse, busque, busque, ¿Vé? Sí, esas eran. ¿Se dá cuenta? No podía ser otro. Se las dijo a él. A él. Ael. Aelaelaelaelaelaelael. Sí, perdone, doctor. Entonces, él era estudiante de medicina, pero lo dejó; se casó bien, me dijeron, y ahora tiene una fábrica, creo. Nadie me quiere contar nada de él ¿sabe, doctor? Pero yo me entero. Yo tengo mis espías fuera. Bien. Lo conduje esa misma noche a mi librería, después de la conversación del café; ya le hablé de la conversación del café. Sí, usted lo anotó. Búsquelo. ¿Está? Bien. Bienbienbien. Le mostré los nueve pesados cartapacios numerados que guardaban las once mil ciento sesenta y dos páginas, también numeradas, escritas todas con letra minúscula, redonda y perfecta, como de imprenta. En ese momento, sin hacer ningún comentario, sin sorpresa alguna, se sentó, abrió el primero de los nueve y comenzó a leer la primera página. Estuvo tres años así. Tres-a-ños. Tres. Uno, dos y tres. Le dejé dormir en la trastienda y, prácticamente, vivía allí, leyendo y leyendo y leyendo sin levantar los ojos del papel, sin hacer un ruido, sin distraerse con nada. Cuando sucedió lo de junio, hace dos años, los obreros hicieron barricadas en la calle y los soldados los tirotearon durante toda la tarde; yo atranqué la puerta, naturalmente, pero los disparos y las piedras me destrozaron los cristales. En cuanto pude, corrí a la trastienda para pedirle que se protegiese.No me oyó. No levantó siquiera la cabeza cuando le hablé. Recuerdo perfectamente su gesto de volver una página como si yo no estuviese allí, como si el vocerío y las descargas no existiesen. Sólo dejaba de leer para dormir; comía mientras leía. Vivía de té y pan con manteca. Té, pan y manteca. Los domingos por la tarde paseaba solo."Los do min gos por la tra de pa se a ba so lo." Catorce sílabas. Nunca enfermó. Yo estaba junto a él cuando terminó de leer el último renglón. Antes de levantarse y marcharse sin dirigirme la palabra, me miró en silencio y me sonrió. Era la sonrisa del Mal. El Mal. ¿Eh? No lo sé, no puedo decirle qué contenía realmente el manuscrito, yo sólo conseguí llegar hasta la mitad de la página ochenta y cuatro; entonces tuve que dejarlo. Unos meses antes de su muerte, mi amigo me había rogado que lo leyera, pero tuve que dejarlo, como le digo. Cuando lo vi muerto, mi primera idea fue volver a la la librería y destruir aquella montaña de papel, pero no me atreví: pensé en sus últimas palabras. Entonces pensé que... ¿Qué? ¿que por qué dejé de leerlo? Me hacía daño, ese daño que te hace el sol cuando lo miras, pero como si la luz fuera negra ¿me entiende? ¿No? Verá. Yo llegué hasta un punto en el pude hacerme idea de lo que venía después, del contenido, y llegué a la conclusión de que el manuscrito estaba inacabado, de que tenía que estar inacabado necesariamente. Si no ha entendido usted lo que es la luz negra tendré que explicarme de otra manera. Sí. Qué bien se está aquí, doctor; en este jardín, en esta tarde, con estas enfermeras tan amables, con usted escuchándome, dentro de estas tapias... Aquí me siento seguro y en paz. En paz. En un momento temí volverme loco, pero ahora me siento en paz. Ah, sí, que me explique de otra manera, perdone, doctor. Bien. Imagine un barco negro, todo negro, con sus velas negras desplegadas, perdido en un océano sombrío que pueblan seres oscuros; imagine ahora que alguien describe todo eso y cada uno de sus detalles: ese mundo, ese océano, esas bestias, ese barco, cada astilla, cada grieta, cada costra de salitre. Y la luz negra. Ahora, por último... Escúcheme con atención, doctor, deje sus malditas notas y, por el amor de Dios, escúcheme, doctor. Ahora, imagine que no estoy hablando de un barco, ni de un océano, ni de unas criaturas, ni de una luz. Imagine que estoy hablando del Mal.

martes, 13 de enero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (I)

Ocurrió en Colonia, al caer la tarde, en uno de los últimos días de noviembre de 1821. Un hombre oscuro, huesudo y largo, cayó de bruces sobre la nieve sucia, en una de la callejas que llevaban a la Fischmarkt Platz desde Gross Sankt Martin; el caído era Mathias Aggenberg. Dos personas transitaban a esa hora por allí, y ambas se apresuraron hasta llegar al ya moribundo; una de ellas era un hombre bondadoso y respetable, pero aprensivo, que dudó antes de acercarse; la otra (un joven desarrapado) casi se abalanzó sobre Aggenberg y, asiéndolo por un hombro, le dió la vuelta; tras hacerlo, se encontró con unos ojos asombrados donde no había miedo ni confusión, sino un extraño fuego. Entonces, desde el rostro enfangado, una boca sonriente pronunció sus últimas palabras, sobre cuyo significado los especialistas nunca han llegado a ponerse de acuerdo, unas palabras tan desconcertantes como aquella mirada, también la última; fueron éstas: "¡Por fin has venido!"

I
Sí. Fui yo quien tuvo la desgracia de escucharlas. Me han ocurrido desde entonces tantas cosas, han pasado tantos y tantos años, que no hablaría de ello si no supiese, como sé, que mi vida desde entonces ha sido la consecuencia de aquel momento. Acabo de decir "tuve la desgracia" y, sin embargo, los días de mi existencia que siguieron a aquél no han podido ser más satisfactorios: soy el patriarca de una amplia y poderosa familia cuya riqueza, diría yo, roza la obscenidad; a mis noventa y siete años doy cada mañana un largo paseo, haga el tiempo que haga, hasta el Hohenzollernbrücke, y junto a él veo pasar el agua, el tiempo. Tengo la cabeza clara, conservo todo mi pelo, como bien, bebo vino, duermo razonablemente y me siento inmortal. Inmortal. Sin embargo, sé que la felicidad no está a mi alcance y recuerdo que nunca lo ha estado desde aquel momento. Me explicaré.
Yo cursaba entonces el tercer año de Medicina y aquella tarde, al ver el cuerpo que caía como un fardo, no tuve nada que pensar: me vi reanimándolo, pidiendo ayuda que llegaría mientras yo lo atendía con eficacia; me vi felicitado en el sentido de "bravo, joven, le ha salvado usted la vida", me vi saludado, admirado, vitoreado incluso al día siguiente por mis compañeros, me vi objeto de la atención de mis profesores, alguno de los cuales me incluiría entre sus ayudantes. Nada de eso llegó a suceder, porque el hombre expiró en cuanto pronunció las famosas palabras; pero sucedieron otras cosas. Unos segundos después de sentir la flojedad del cuerpo que sostenía, escuché a mi espalda pasos que se acercaban a la carrera; cuando estuvo junto a mí, el hombre que llegaba corriendo se arrodilló sobre la nieve negra, desencajado, diría yo, llamando por su nombre al muerto, agarrándolo incluso por las solapas en un intento absurdo de devolverlo a la vida. Yo había acercado ya el cadáver al suelo y me volví hacia el recién llegado; suavemente, le dije "ha muerto, señor". Me miró con angustia, sin soltar las solapas de la levita de Aggenberg; "¿cómo lo sabe?", me dijo; yo le expliqué, lleno de orgullo, que era casi médico, "¿dijo algo antes de... morir?", me preguntó ansiosamente; le repetí lo que había escuchado, y el señor que me acompañaba confirmó que exactamente esas habían sido las palabras. Entonces pareció serenarse y me miró casi con reverencia, me tomó del codo y me invitó a seguirle. La escena había atraído a mucha gente, que se arremolinaba obstruyendo el paso, preguntaba y quería ver al muerto; por fin, apareció la autoridad en la persona de un guardia que me impidió alejarme, debido a mi condición de testigo, etcétera. Siguieron horas de declaraciones, papeles, idas y venidas. En el tumulto, mientras el guardia me impedía violentamente el paso, el hombre aquel se esfumó. Horas después bajaba yo unas escaleras embarradas después de prestar las interminables declaraciones pertinentes y allí estaba él, esperándome en el frío de la calle; entonces sí pude acompañarlo. Sin su presencia, yo nunca hubiese podido entrar en el café que escogió, dado mi aspecto de entonces: el camarero me hubiese cortado el paso en la misma puerta (muy discretamente, claro) y, ya en la calle, me hubiese dado una grosera patada ante la hilaridad de los paseantes. En el momento de sentarnos, un camarero pareció surgir de la nada.