sábado, 5 de diciembre de 2009

EL OCRE Y EL NEGRO

A partir de su viaje a Roma (1925), su paleta se simplifica hasta casi el monocromatismo: solamente dos colores, combinados en una asombrosa -y en ocasiones abiertamente provocadora- gama de matices, llenan sus trabajos: Teofila in profilo (Galleria Da Romano), Rue de Dijon (TACNA, Lyon) o Rain, rain, rain (Chicago, colección particular) son tres ejemplos de este giro puede decirse que copernicano de nuestro artista, que pasa de un cromatismo festivamente burgués, despreocupado y mundano (amarillos fauves, rojos amables y blancos nítidos) a una obra casi tenebrosa, acerada, llena de furia, donde dónde me habrán metido la caja, mira que se lo dije al de la estación, esto colóquemelo usted con cuidado, que no es un queso manchego, que si se pierde se compra otro y ya está, por Dios, póngamelo a buen recaudo que es delicado y vale dinero, pues nada; los pinceles están aquí, sí, pero y los colóres dónde, dónde, dónde me habrán puesto la caja de los colores, la madre que los parió; menos mal que siempre llevo un tubo en el bolsillo. Hombre, si llevo dos. Y esta carta no la he abierto todavía.

lunes, 16 de noviembre de 2009

SAGA. La trilogía que no pienso escribir (I)

UNO
Los barrios altos
1928. Chicago. Joven taquimecanógrada arrebatadora, de oscura extracción social, escala vertiginosamente puesto tras puesto en su trabajo, hasta convertirse (capítulo tercero) en la secretaria particular de un Coloso de la Industria Siderúrgica Norteamericana. Una mañana, durante su tiempo libre, conoce al tarambana del hijo menor del coloso antes mencionado y se, digamos, enamora moderadamente de él (capítulo quinto). El tormentoso deseo los arrastra a ambos a lugares sórdidos (pensiones infectas, barrios delictivos, tabernas patibularias), los lleva a sitios apacibles (lagos tersos, bosques otoñales, estaciones de esquí) y los sitúa en ambientes sofisticados (cócteles, cenas, teatros, intelectuales y artísticas conversaciones), todo ello impecablemente documentado (nos encontramos ya en el capítulo siete). Esquivando la oposición de los padres de él, se casan en secreto y se marchan a París (capítulo once), donde al principio todo es vino y rosas; pronto sólo queda el vino y, al final, ni eso (capítulo dieciséis). Cada uno hace su vida, ambas ejemplarmente disipadas, donde hay absolutamente de todo cuanto un/a lector/a puede esperar de una historia así. En un momento dado, cuando la miseria los agobia, llega un cable con la grata noticia de que el Coloso ha fallecido de un infarto y deben acudir a Chicago. Ella -embarazada no sabe exactamente de quién-, lo sigue de regreso a Chicago, donde se enteran de que la Viuda del Coloso va a controlar legalmente la herencia hasta su propio fallecimiento, quedándoles a ellos, de momento, una suficiente pero no significativa asignación (capítulo veinte). El parto de ella resulta ser niña y, al día siguiente (estamos a finales de 1929), se produce el crack de la bolsa de NY, por lo que se esfuma su parte de la herencia (capítulo veinticinco). La asignación, sin embargo, se ha salvado: la ex-taquimeca había hecho invertir a su marido en acciones de una petrolera que no sólo no ha quebrado, sino que está creciendo como la espuma etcétera. La suegra, no pudiendo soportar su humillación, se quita la vida arrojándose al metro. Son muy ricos y se trasladan a un exclusivo lugar de Long Island. Desde el hermoso ventanal del amplio salón hay una incomparable vista del Hudson (capítulo treinta y uno y último).

miércoles, 21 de octubre de 2009

PLASMA

Con calma, amparado por la nocturnidad, el tirador introduce un único proyectil en la recámara de su rifle y enfila su objetivo a través de la mira telescópica del arma, provista de visión infraroja. A lo largo y a lo ancho del rectángulo corren los jugadores, semidioses de nombres míticos que driblan, pasan, retienen, retroceden, avanzan, disparan en el centro de una gigantesca masa anónima y ferviente, que ostenta miles de bufandas y banderas. El tirador no tiene prisa, desde luego, y sabe el momento exacto en que debe apretar el gatillo; también sabe que no fallará, a esta distancia no puede fallar, de manera que se entretiene observando cómo Rómolo pasa la pelota a Giordani que retrocede y vaya la pierde la tiene ahora Hopkins que la pasa a Jenkins Perkins otra vez Hopkins que corre sin perder pero falta falta faaaltaaaaaa el árbitro el suizo Jacques Meetrich no ha visto nada sigue el juego la tiene ahora Gaetano Gaetano Gaetano y penaaaaaaaaalty penalty penaltypenaltypenalty ahora sí tenía Meetrich los ojos abiertos protestas pero al final bueno parece que va a tirar Da Romano nerviosismo en los dos banquillos consultas sí por fin va a tirar Da Romano se concentra golpea el suelo con la puntera de la bota izquierda como siempre se santigua si ahora sí se lanza mientras el proyectil, dejando atrás la boca del silenciador, alcanza con precisión su fácil objetivo, señalado ya por el puntito del haz infrarojo, y, ante el estupor y luego la ira incrédula de los tres tifosis que ocupan el sofá, estalla la pantalla.

martes, 13 de octubre de 2009

EL DELITO NUNCA GANA

Entre todos, conseguimos reducir al atracador y meterlo en un frasco.

miércoles, 7 de octubre de 2009

UNA IMAGEN DEL PARAÍSO

Esto es un hombre que se despierta, se levanta de la cama y todo eso. Cuando entra en la cocina, medio dormido, lo segundo que hace es mirar el calendario de pared: 25 de octubre; el día anterior, 24, está tachado en rojo y se encuentra en la columna de los martes, pero el día de hoy no se encuentra en ninguna columna: aparece como montado entre la de los martes y la de los miércoles. El hombre no comprende y escudriña con atención, para explicárselo. No puede ser. Pero el tiempo está pasando, el minuto perdido le va a hacer que pierda el metro y ya van tres veces este mes que llega tarde. Y sin embargo, así es: ni martes, ni miércoles. Marca el número de información, angustiado.
- ¿Digamé? ¿en qué pod...
- ¿Que día de la semana es hoy?
Una voz no ya fría, escalofriante, le contesta.
-Hoy no es ningún día de la semana.
No se atreve a mirar por la ventana, pero es lo cierto que no llega ningún ruido de la calle. Tal vez está soñando; enciende la radio y, como para asegurarle que se equivoca, un locutor aclara:
- Son las ocho y media, las siete y media en Canarias, de este veinticinco de octubre, que no coincide con ningún día de la semana.
Eso no lo convence, sin embargo: también puede estar soñándolo. Se para a pensar un largo rato. Ya no siente ninguna angustia. Sonríe. Toma un sorbo de café y nota que empieza a estar frío. Lentamente, se prepara otro. Acaba de darse cuenta: tanto si está soñando como si no, en sueños o de verdad, qué importa, tiene el día entero para él. El día o, tal vez, la Eternidad.

jueves, 1 de octubre de 2009

YO CONMIGO

No puedo estar más cerca de mí, me estoy pisando los talones.

miércoles, 13 de mayo de 2009

MANDO


Prepárate para un descuento de tu placa la satisfacción de un acabado perfecto pensado para bajarte lo que quieras para bajarte lo que quieras tú decides tu look tu gente tu música tus bacterias protegidas con airbag en todos los asientos ya yo se los dije que ese sujeto efecto lifting efecto mojado efecto planchado efecto comprobado pero qué quiere conseguir este gobierno presentándonos semejante superoferta en todas las marcas de una política electoralista de serie con CD incorporado más volumen rizos más definidos cuando el canguro macho olisquea ávidamente una gran marca como ésta te garantiza las declaraciones en rueda de prensa del novio de la hermana de la expareja del presunto espacio interior amplio colecciona esta oportunidad única con chubascos generalizados en el centro-norte y tu dinero en una cuenta un estilo un detergente un placer crujiente una decisión inteligente donde las encuestas revelan un aumento un descenso un estancamiento un fortalecimiento ya cállate boludo con la compra ven súbete bájate llévate tráete ponte quítate sal entra dinos danos más menos más menos adelante te damos te ofrecemos te ofrece te ofre te of no me dejes mi amol.

viernes, 24 de abril de 2009

EL DÍA DE LOS INMORTALES

Todos los años se celebra, ¡se celebra!, el día 23, la muerte de Cervantes. Ya muy entrado abril, libros y rosas brotan en las ferias, niños extrañados leen en público, pequeños hombres pronuncian palabras grandes y baterías de plumíferos previstos firman ejemplares. Muy bonito, muy floral todo. Durante años, yo acudí en ese mismo día de abril al cementerio de Valladolid, a revisar la lápida de alguien que apenas conocí en vida; con lluvia unas veces, con sol o con viento, me acercaba solo al lugar donde estaba el nicho y sonreía al leer el epitafio.
La madrugada en que velamos a aquel hombre tenía yo diecisiete años. Unas semanas antes, mi tío Antonio y yo habíamos ido a visitarlo a su casa, en la Acera de Recoletos; el hombre estaba tomando el sol junto al ventanal y parecía una iguana con gafas; sin embargo, no tenía muy mal aspecto. Por entonces, yo estaba decidido a ser poeta o no ser nada, pero aquella visita y lo que sucedió después, en el velatorio, me hicieron ver que se podia ser ambas cosas a un tiempo, y esto me curó. Quiero explicarme.

La noticia de la Muerte del Poeta llegó a casa con mi tío, a la hora del café. Era domingo, y mi padre disfrutaba tenazmente de su puro y su coñac cuando irrumpió su hermano, un poco teatral, con la mala nueva.

- ¡Ha muerto! ¡don Senén ha muerto!

- ¿Qué? -quiso saber mi padre.

- ¿Cómo que qué? ¡que ha muerto don Senén!

- ¡Ah! -asintió mi padre, forzando una cara de circunstancias.

Mi tío y yo acudimos sin pérdida de tiempo al domicilio doliente. Lo esperábamos atestado hasta la calle por toda clase de personalidades de la república de las letras, pero sólo estaban allí, rodeando al finado, su viuda y media docena de vecinas, todas ellas -por decirlo así- de la misma promoción. Al entrar en la salita, doña Sagrario, silenciosa y como ausente, parecía muy entera; con el paso de las horas, me di cuenta de que no se trataba de entereza. Mi tío, miope ante todas las cosas, dejó la casa para dirigirse a las oficinas de El Norte y reclutar a alguien que tomase nota de la irreparable pérdida con destino a la edición del día siguiente, fecha entre las fechas; poco después, de regreso en la sala, me susurró que no había sido necesario reporter alguno: en los archivos del periódico -le aseguraron- ya tenían preparada una amplia necrológica, por si acaso.

Éramos los únicos hombres del velatorio y, cuando una a una las vecinas fueron desfilando en retirada, los dos nos quedamos con doña Sagrario y el cadáver. No sabíamos qué decir y, como la casa era de respeto y cortinajes, tampoco era cosa de salirse a fumar al pasillo dejando a la viuda sola con el muerto. Así pues, aguantamos el tipo horas y horas. Ya de madrugada, los zapatos me mordían los pies y acabé olvidando por qué estábamos allí. Para pasar el rato, me dediqué a observar a doña Sagrario -con el pertinente disimulo, claro está. Era una anciana pequeña y compuesta, de perfil antiguo, cuyas fuerzas estaban concentradas en sus ojos, duros y brillantes como escarabajos. Apenas hizo un movimiento ni abrió la boca en todo el tiempo que estuvimos allí. Inesperadamente, sin mirarnos, se dirigió a nosotros con una sola palabra.

- Márchense -para disipar nuestro estupor, renovó su orden.

- Buenas noches -nos dijo, sin dejarnos elección.

Nos miramos, nos levantamos con el menor ruido posible y nos retiramos por el pasillo adelante. Cuando cerrábamos la puerta de la calle, alcancé a escuchar algo que mi tío fingió no haber oído. Se lo estaba diciendo al cadáver. Lo dijo despacio, irritada.

- Un día más que hubieras aguantado y te morías a tiempo, so memo.

Asistimos al entierro, desde luego. La ceremonia no pudo ser más penosa: la viuda, nosotros dos, las mismas vecinas y algunos maridos arrastrados hasta allí fuimos los únicos en despedir al Poeta Muerto. No lo recibió una tumba en el suelo sino un nicho, al que los enterradores subieron el féretro no sin trabajo, para cerrarlo a cal y canto acto seguido. La lápida se colocó unos días después. Cuando llegamos a ella, provistos de las pertinentes flores pudimos verla ya instalada, de mármol sobrio. Y en la placa, el nombre y los apellidos que nadie iba a recordar, la fecha de 22 de abril y, cinceladas en rotundas mayúsculas romanas, las tres palabras del epitafio: ni morir supiste.

domingo, 22 de marzo de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (Y IV)

IV
1821
25 de noviembre
anotaciones en el diario del estudiante T.
... al salir del edificio de los Juzgados me está esperando el hombre que acudió unas horas antes a mí, cuando el moribundo expiraba, para preguntarme si había dicho algo. Como he anotado más arriba, le comuniqué las palabras exactas que me había dirigido antes de morir. Este hombre, pues, se me acerca y me sonríe con cierta superioridad, pero no me siento insultado; acto seguido, me ruega que lo acompañe y entramos en un café muy distinguido, de esos que un estudiante como yo no puede soñar en permitirse. El hombre se encuentra mucho más calmado que esta tarde y, una vez se ha alejado el camarero, empieza a hablarme con afabilidad, casi de manera familiar. Es evidente que trata de hacerme olvidar su inicial nerviosismo y corregir su, digamos, paternal desdén de unos minutos antes. Es dueño, me dice, de una librería (por su manera de vestir debe de ser un buen negocio) y me invita a acudir a ella mañana por la mañana. Le explico que, precisamente, mañana por la mañana tengo un examen importante y, después de tomar un último sorbo de café, aproxima su rostro al mío y me dice lo siguiente: "no importa, esto es mucho más importante para usted, amigo mío¨; de todos modos, mis posibilidades de aprobar el examen son sencilllamente nulas, de manera que acudiré. El tipo me parece un pobre chiflado, pero tengo curiosidad por saber en qué acaba todo este embrollo. Mañana no tendré que madrugar.
1824
25 de noviembre
carta del estudiante T. a un amigo
... y por fin esta mañana lo he terminado. Esta es la razón de que no te haya escrito en todo este tiempo, y difícilmente podrás perdonarme mi desatención si no te lo cuento con detalle; pienso que esta carta no será suficiente para hacerlo y me gustaría encontrarme contigo, pero he de confesarte que mis bolsillos están vacíos desde hace mucho tiempo; mi padre, como te he dicho, dejó de enviarme dinero y, aunque el librero me ha dado un empleo en su tienda, lo que gano apenas me permite pagarme el jergón y la manteca. Te ruego, por nuestra amistad, que me hagas llegar el metal necesario para viajar hasta tu casa de verano. Te aseguro que lo que voy a contarte es muy importante para los dos. En otro orden de cosas, aunque no tanto, anoche vi salir del teatro, acompañando a sus padres, a tu prima Graüben; sé que alguien como yo no puede aspirar a aproximarse a una criatura así, pero también sé que tú siempre la odiaste y sigues odiando a tu tío y padre suyo. He pensado que nos haríamos un favor mutuo si me hicieses el honor de presentarnos. Yo sería un exiliado ¿digamos polaco? Siempre es romántico. O ruso, también hablo el ruso bastante bien.
1941
1 de septiembre
Sí, he vivido para serviros y Os estoy dando lo que me pedísteis; no necesito seguir viviendo. No, nononononno. Estos cerdos sólo quieren su tajada y su tajada van a tener; pero soy injusto, me han servido bien, Os han servido bien, aunque sin saberlo. Creen que hacen negocios y es bueno que lo crean, se morirán creyéndolo y lo gracioso es que los recibiréis en Vuestra Gloria como a hijos pródigos. Brindan. Fuman sus puros y levantan sus copas. Ahora apenas recuerdo aquella tarde, hace mucho más de un siglo, en que empecé a trabajar para Vosotros (yo tampoco lo sabía entonces). Leer todo aquello ha sido lo más vertiginoso que me ha ocurrido en mi vida, más incluso que conoceros y que todo lo que vino después; a veces pensé que el día de hoy no iba a llegar, pero ha llegado, sí. Nuestra especie ha hecho todo su camino con el único objeto de llegar a este momento. Pronto hablaremos todas vuestras lenguas. Hoy empieza el mañana.
Los puros se encienden ostentosamente, como signos de victoria. El salón de fumar reune hoy a algunos de los espíritus más selectos de Europa; ninguno de ellos tiene la menor relación con las ciencias, ni las artes, ni la filosofía ni nada por el estilo, su oficio es otro y no hace a este caso, además. Un camarero único y solemne se pasea entre las barrigas ofreciendo su bandeja, para abastecer el secreto brindis de estos hombres, que ven por fin recompensados sus desvelos. Hay muchos otros salones como éste en otros países donde, en estos momentos, hombres como éstos sostienen sus copas por el mismo motivo que los aquí reunidos. Han sido décadas de esfuerzos y riesgos vertiginosos, de errores y de retrasos, pero el momento ha llegado: la radio lo anunció triunfalmente hace unas horas: El Ejército del Reich ha entrado en Polonia, como estaba previsto y, a partir ahora, una detrás de otra, las Potencias irán siguiendo el laberinto que se ha construído para ellas: se declararán la guerra unas a otras de acuerdo con los pactos, acuerdos, protocolos, convenios y demás ataduras de la maraña, y la maquinaria de los ejércitos se pondrá en marcha. Nada va a fallar, nunca ha fallado. El conde de T., en un rincón, observa el entusiasmo. Es un hombre largamente centenario, se diría que inmortal, pero morirá esta misma tarde. Apenas mueve los labios.

domingo, 22 de febrero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (III)

III
En 1946 Colonia era una extensión arrasada, lunar. Al final de la guerra, los salvajes bombardeos de los aliados la habían reducido casi a la nada barrio por barrio, calle por calle; hacia el cielo se levantaba tan sólo una de las torres de su catedral. Por entre las ruinas muertas vagaban como fantasmas de niños famélicos, mujeres derrumbadas, viejos vencidos y algunos hombres, siempre huidizos. Yo tenía entonces el grado de capitán; no era militar, pero al alistarme, gracias a mi título universitario, me adjudicaron el grado de teniente y pude pasar aquellos años bajo la seguridad de un puesto próximo al general Bradley. Nada de esto hace al caso, ahora que lo pienso pero, ya que he empezado así, añadiré que llegué a Berlín sin haber pegado un solo tiro, circunstancia que me disgustó (eran años de grandes palabras) hasta que visité Colonia. Vinimos a salvar Europa y habíamos hecho esto a un país. Después de la guerra permanecí en Alemania, como oficial de enlace del mando norteamericano con los de las otras fuerzas de ocupación, lo cual me brindó, además de mucho tiempo libre, la oportunidad de recorrer todo el país. No era un país, sino un cadáver triturado; la tarde que llegué a Colonia no fue diferente a cualquier otra tarde: el jeep me llevó al ruinoso alojamiento sorteando carcasas de edificios, solté mi petate y me metí en la cama para dormirme al instante. A la mañana siguiente, después de tramitar órdenes y entregar sobres, di un paseo. Solo. En ese paseo se determinó mi futuro.
Yo había sido, hasta que me alisté, profesor del Departamento de Lenguas Orientales de la Universidad de Pennsilvania y, desde luego, mi interés seguía centrado en ese campo; entendía que la guerra (toda una guerra, con sus cincuenta millones de muertos, con su Hiroshima) no era más que un paréntesis en mi carrera, y de hecho así ocurrió, pero no lo retomé donde lo había dejado. Contaré por qué. La mañana de febrero era hostil, no simplemente gélida; la gente sobrevivía, ya se había acostumbrado a su miseria y yo caminaba con la cabeza baja, disimulando, sin atreverme a mirarlos y seguro de que ellos me observaban, ya sin odio siquiera. Por eso, porque avanzaba con los ojos en el suelo, de repente me encontré que, un metro delante de mí, alguien me cerraba el paso; levanté la vista y vi a un hombre de aspecto suplicante que me ofreció, en un inglés caótico, toda clase de cosas que rechacé; nuestro inútil intercambio de razones no duró más de un minuto, al cabo del cual me miró en silencio, como si en ese instante me reconociese; su arruinado rostro se abrió en una sonrisa indescriptible y me dijo: *por fin has llegado"; acto seguido, me hizo un ademán para que le siguiera y comenzó a caminar entre las paredes muertas. Yo conocía casos cercanos de confiados militares desaparecidos de esta manera, cuyos cadáveres habían sido hallados después, desnudos entre los escombros pero, aunque ni siquiera entonces era un hombre valiente, decidí seguirlo, por simple curiosidad. Aquellas palabras y aquella sonrisa debían significar algo y yo necesitaba saber qué, igual que necesitan los niños saber qué hay al otro lado de la valla. De cualquier valla. Caminamos, él delante y yo detrás, unos diez minutos en los que no volvió siquiera la cabeza; en un momento dado se detuvo, se giró hacia mí, me dijo "espera aquí" y se alejó. Casi al instante, asomó la cabeza desde una ventana y me indicó que entrase por lo que fue un portal. Una vez dentro, me sorprendió que existieran escaleras casi intactas, subí por ellas hasta el primer piso y allí encontré una puerta abierta: no un hueco negro, sino una verdadera puerta de roble antiguo con amplia mirilla de bronce, de diseño modernista. Recorrí un pasillo y llegué a una habitación atestada de papeles. Allí me esperaba él, que me extendió unos folios manuscritos. No parecía en absoluto el mendigo suplicante de unos minutos antes. Me dijo "es todo lo que queda. Tómalos y vete". Lo hice, sencillamente. Ni siquiera volví la vista atrás. En cuanto estuve en mi alojamiento, me senté en la cama y los examiné. Eran muy viejos. No antiguos, viejos; eran de papel pobre y tenían los bordes gastados (en algunos lugares, quemados); el texto era ilegible o se había perdido en muchos lugares. Por lo demás, era indescifrable para mí. Todo el asunto (el hombre, la casa, el manuscrito que me entregó sin más) me impidió dormir durante algún tiempo.
Unos meses después terminó mi compromiso con el Ejército y pude regresar a mi añorado Departamento. Necesitaba una traducción precisa de aquello, de modo que no perdí un instante:me dirigí al despacho de Raquel Slomm y puse sobre su mesa los cinco folios. Los estuvo examinando, absorta, durante no menos de una hora. Al cabo de ese tiempo me miró con una expresión de incredulidad que no olvidaré nunca. En ese momento nació la Exolingüística. Transcribimos inmediatamente el texto y lo publicamos, sin apenas comentario, en Oriental Languages Review. Hoy hemos reunido algunos datos relativos al autor del manuscrito (incluso conocemos las circunstancias concretas de su muerte, sobre las que tanto se sigue especuilando sin ningún fruto),pero nada nuevo sabemos sobre el manuscrito original, sobre su contenido, su extensión ni las cuestiones que nos permitirían profundizar en la materia de que trata. Seguimos ciegos. Reproduzco aquí la parte del original que me parece más importante para nosotros y que, al menos eso espero, le interesará también a Usted. Se trata de la nota a pie de página numerada como 1312.
n. 1312. No estoy de acuerdo en absoluto con Schlessser en este punto. Lo que él denomina "lenguas sublunares" agrupa en una sola categoría a dos formas de comunicación no ya distintas, sino me atrevo a decir que diametralmente opuestas: los idiomas de los hombres, por una parte y, por otra, las lenguas subterráneas, usadas por los denominados por algunos (con más ridiculez que rigor) "ángeles caídos". Es cierto (y en esto puedo aceptar las razones de mi respetado colega), que tanto unas lenguas como otras son meros dialectos de las verdaderas lenguas angélicas, como se demostrará en el siguiente capítulo, pero no es menos evidente que entre las lenguas humanas y las diabólicas hay tanta distancia como entre los hombres y los demonios. Si tenemos en cuenta que la comunicación entre los seres humanos depende de un aparato fonador, de la existencia de aire y de las limitaciones de un cerebro de origen animal podemos hacernos cargo de la infinita dimensión de tal distancia; si a esto añadimos la existencia de las lenguas escritas (lamentable consecuencia de sus limitaciones intelectuales), la formulación de la hipótesis de Schlesser nos parece, más que inadmisible, meramente pueril. Sin embargo, existe una misteriosa coincidencia entre ambas ramas de lenguas, coincidencia señalada unánimemente por los estudiosos y sin explicar por el momento: se trata de la existencia de una estructura primaria (una palabra, si hablamos de idiomas humanos) común a todas estas lenguas, una estructura cuya mera existencia ha desafiado hasta hoy nuestra capacidad de desciframiento: lo único que tienen en común las lenguas humanas con las subterráneas es la palabra "mañana".
Oriental Languages Review, XXXVII (1946) p. 215


jueves, 22 de enero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (II)

II
17 de abril (1826). 12, 35 de la mañana. Tercera consulta. El paciente, como he anotado más arriba, ha manifestado hasta ahora un notable desequilibrio nervioso, el cual tan sólo le afecta cuando toca un tema concreto, el denominado por él mismo "el manuscrito", tema al que se ha referido de manera sistemática, pero desorganizada, en las anteriores consultas, tanto a instancias mías como de manera espontánea. Su forma de expresarse, al hablar de este tema, empieza siendo inconexa y repetitiva, con frecuentes digresiones, pero al avanzar en su comentario, el paciente y su discurso se vuelven estables e incluso rigurosamente lógicos. Lleva un diario (hábito constante en casos como el suyo), de contenido que desconozco, pues lo oculta celosamente e incluso procura disimular la existencia de tal diario. He ordenado que se le provea (discretamente) de lo necesario para escribirlo. Considero que su caso se identifica con la descripción de un alienado pineal, cuya afección se encuentra originada por una anomalía en la temperatura del cerebro. "En la tem pe ra tu ra del ce re bro". Once sílabas.

Sisisisí. Yo permití que lo leyese, doctor. "Sí", "permití". Riman. ¿Qué? ¿Que a quién? Ah, sí, sisí, me pregunta a quién se lo permití, perdone, doctor. Al estudiante del que le habé ayer. ¿Por qué? porque yo estaba convencido entonces, y to da ví a loes toy (ocho sílabas), de que Mathías, mi amigo Mathías Aggerberg, ¿le dije ya su nombre?. Sí. Lo había escrito para que él lo leyera. Sí. Siempre me pareció que aquello, el manuscrito, estaba destinado a una persona en especial, alguien único, un elegido, ¿sabe? Yo supe, desde que lo conocí, que él era el elegido. ¿Por qué? ¿Por qué lo supe o por qué era el elegido? Ah, sí, sisisí, perdone, doctor. Supe que era el elegido porque Mathías le había dicho aquellas palabras, las últimas, ya le dije cuáles eran ¿se acuerda? Usted las anotó, tiene que acordarse, busque, busque, ¿Vé? Sí, esas eran. ¿Se dá cuenta? No podía ser otro. Se las dijo a él. A él. Ael. Aelaelaelaelaelaelael. Sí, perdone, doctor. Entonces, él era estudiante de medicina, pero lo dejó; se casó bien, me dijeron, y ahora tiene una fábrica, creo. Nadie me quiere contar nada de él ¿sabe, doctor? Pero yo me entero. Yo tengo mis espías fuera. Bien. Lo conduje esa misma noche a mi librería, después de la conversación del café; ya le hablé de la conversación del café. Sí, usted lo anotó. Búsquelo. ¿Está? Bien. Bienbienbien. Le mostré los nueve pesados cartapacios numerados que guardaban las once mil ciento sesenta y dos páginas, también numeradas, escritas todas con letra minúscula, redonda y perfecta, como de imprenta. En ese momento, sin hacer ningún comentario, sin sorpresa alguna, se sentó, abrió el primero de los nueve y comenzó a leer la primera página. Estuvo tres años así. Tres-a-ños. Tres. Uno, dos y tres. Le dejé dormir en la trastienda y, prácticamente, vivía allí, leyendo y leyendo y leyendo sin levantar los ojos del papel, sin hacer un ruido, sin distraerse con nada. Cuando sucedió lo de junio, hace dos años, los obreros hicieron barricadas en la calle y los soldados los tirotearon durante toda la tarde; yo atranqué la puerta, naturalmente, pero los disparos y las piedras me destrozaron los cristales. En cuanto pude, corrí a la trastienda para pedirle que se protegiese.No me oyó. No levantó siquiera la cabeza cuando le hablé. Recuerdo perfectamente su gesto de volver una página como si yo no estuviese allí, como si el vocerío y las descargas no existiesen. Sólo dejaba de leer para dormir; comía mientras leía. Vivía de té y pan con manteca. Té, pan y manteca. Los domingos por la tarde paseaba solo."Los do min gos por la tra de pa se a ba so lo." Catorce sílabas. Nunca enfermó. Yo estaba junto a él cuando terminó de leer el último renglón. Antes de levantarse y marcharse sin dirigirme la palabra, me miró en silencio y me sonrió. Era la sonrisa del Mal. El Mal. ¿Eh? No lo sé, no puedo decirle qué contenía realmente el manuscrito, yo sólo conseguí llegar hasta la mitad de la página ochenta y cuatro; entonces tuve que dejarlo. Unos meses antes de su muerte, mi amigo me había rogado que lo leyera, pero tuve que dejarlo, como le digo. Cuando lo vi muerto, mi primera idea fue volver a la la librería y destruir aquella montaña de papel, pero no me atreví: pensé en sus últimas palabras. Entonces pensé que... ¿Qué? ¿que por qué dejé de leerlo? Me hacía daño, ese daño que te hace el sol cuando lo miras, pero como si la luz fuera negra ¿me entiende? ¿No? Verá. Yo llegué hasta un punto en el pude hacerme idea de lo que venía después, del contenido, y llegué a la conclusión de que el manuscrito estaba inacabado, de que tenía que estar inacabado necesariamente. Si no ha entendido usted lo que es la luz negra tendré que explicarme de otra manera. Sí. Qué bien se está aquí, doctor; en este jardín, en esta tarde, con estas enfermeras tan amables, con usted escuchándome, dentro de estas tapias... Aquí me siento seguro y en paz. En paz. En un momento temí volverme loco, pero ahora me siento en paz. Ah, sí, que me explique de otra manera, perdone, doctor. Bien. Imagine un barco negro, todo negro, con sus velas negras desplegadas, perdido en un océano sombrío que pueblan seres oscuros; imagine ahora que alguien describe todo eso y cada uno de sus detalles: ese mundo, ese océano, esas bestias, ese barco, cada astilla, cada grieta, cada costra de salitre. Y la luz negra. Ahora, por último... Escúcheme con atención, doctor, deje sus malditas notas y, por el amor de Dios, escúcheme, doctor. Ahora, imagine que no estoy hablando de un barco, ni de un océano, ni de unas criaturas, ni de una luz. Imagine que estoy hablando del Mal.

martes, 13 de enero de 2009

TODAS LAS LENGUAS DE LOS ÁNGELES (I)

Ocurrió en Colonia, al caer la tarde, en uno de los últimos días de noviembre de 1821. Un hombre oscuro, huesudo y largo, cayó de bruces sobre la nieve sucia, en una de la callejas que llevaban a la Fischmarkt Platz desde Gross Sankt Martin; el caído era Mathias Aggenberg. Dos personas transitaban a esa hora por allí, y ambas se apresuraron hasta llegar al ya moribundo; una de ellas era un hombre bondadoso y respetable, pero aprensivo, que dudó antes de acercarse; la otra (un joven desarrapado) casi se abalanzó sobre Aggenberg y, asiéndolo por un hombro, le dió la vuelta; tras hacerlo, se encontró con unos ojos asombrados donde no había miedo ni confusión, sino un extraño fuego. Entonces, desde el rostro enfangado, una boca sonriente pronunció sus últimas palabras, sobre cuyo significado los especialistas nunca han llegado a ponerse de acuerdo, unas palabras tan desconcertantes como aquella mirada, también la última; fueron éstas: "¡Por fin has venido!"

I
Sí. Fui yo quien tuvo la desgracia de escucharlas. Me han ocurrido desde entonces tantas cosas, han pasado tantos y tantos años, que no hablaría de ello si no supiese, como sé, que mi vida desde entonces ha sido la consecuencia de aquel momento. Acabo de decir "tuve la desgracia" y, sin embargo, los días de mi existencia que siguieron a aquél no han podido ser más satisfactorios: soy el patriarca de una amplia y poderosa familia cuya riqueza, diría yo, roza la obscenidad; a mis noventa y siete años doy cada mañana un largo paseo, haga el tiempo que haga, hasta el Hohenzollernbrücke, y junto a él veo pasar el agua, el tiempo. Tengo la cabeza clara, conservo todo mi pelo, como bien, bebo vino, duermo razonablemente y me siento inmortal. Inmortal. Sin embargo, sé que la felicidad no está a mi alcance y recuerdo que nunca lo ha estado desde aquel momento. Me explicaré.
Yo cursaba entonces el tercer año de Medicina y aquella tarde, al ver el cuerpo que caía como un fardo, no tuve nada que pensar: me vi reanimándolo, pidiendo ayuda que llegaría mientras yo lo atendía con eficacia; me vi felicitado en el sentido de "bravo, joven, le ha salvado usted la vida", me vi saludado, admirado, vitoreado incluso al día siguiente por mis compañeros, me vi objeto de la atención de mis profesores, alguno de los cuales me incluiría entre sus ayudantes. Nada de eso llegó a suceder, porque el hombre expiró en cuanto pronunció las famosas palabras; pero sucedieron otras cosas. Unos segundos después de sentir la flojedad del cuerpo que sostenía, escuché a mi espalda pasos que se acercaban a la carrera; cuando estuvo junto a mí, el hombre que llegaba corriendo se arrodilló sobre la nieve negra, desencajado, diría yo, llamando por su nombre al muerto, agarrándolo incluso por las solapas en un intento absurdo de devolverlo a la vida. Yo había acercado ya el cadáver al suelo y me volví hacia el recién llegado; suavemente, le dije "ha muerto, señor". Me miró con angustia, sin soltar las solapas de la levita de Aggenberg; "¿cómo lo sabe?", me dijo; yo le expliqué, lleno de orgullo, que era casi médico, "¿dijo algo antes de... morir?", me preguntó ansiosamente; le repetí lo que había escuchado, y el señor que me acompañaba confirmó que exactamente esas habían sido las palabras. Entonces pareció serenarse y me miró casi con reverencia, me tomó del codo y me invitó a seguirle. La escena había atraído a mucha gente, que se arremolinaba obstruyendo el paso, preguntaba y quería ver al muerto; por fin, apareció la autoridad en la persona de un guardia que me impidió alejarme, debido a mi condición de testigo, etcétera. Siguieron horas de declaraciones, papeles, idas y venidas. En el tumulto, mientras el guardia me impedía violentamente el paso, el hombre aquel se esfumó. Horas después bajaba yo unas escaleras embarradas después de prestar las interminables declaraciones pertinentes y allí estaba él, esperándome en el frío de la calle; entonces sí pude acompañarlo. Sin su presencia, yo nunca hubiese podido entrar en el café que escogió, dado mi aspecto de entonces: el camarero me hubiese cortado el paso en la misma puerta (muy discretamente, claro) y, ya en la calle, me hubiese dado una grosera patada ante la hilaridad de los paseantes. En el momento de sentarnos, un camarero pareció surgir de la nada.