jueves, 18 de septiembre de 2008

DIÓGENES

Yo que milité gloriosamente entre los soldados de Alejandro y alcancé con ellos las márgenes del Indo, que he recorrido imperios fabulosos y conocido murallas que nunca se terminan, que he sido médico de tantos mandatarios y opulentos, que he conversado largamente con filósofos, que formulé al mismísimo Aristóteles, a la vista del desatado mar, una pregunta que no acertó a responderme; yo que leí papiros -copiados solamente para mí- procedentes de Atenas y de Alejandría, que amé con triunfo a lujosas, insaciables cortesanas y junto a ellas dormí entre costosos linos, me veo ahora abandonado por todos cuantos me halagaban, me veo sin patria, sin hogar, sin lecho, sin monedas, sin futuro en medio de esta noche gélida y abyecta, acosado por la ferocidad de luces crudas, de sombras violentas, de ruidos monótonos y duros, importunado por guardias sin alma, atrapado entre una fauna nocturna de alimañas: extraviados, rateros, borrachos, proxenetas, prostitutas, travestidos y muy malvados personajes. Nadie se me aproxima salvo, a veces, imbéciles adolescentes para burlarse, para escupirme, para patearme hasta que se aburren. Apesto yo y apesto al mundo con mis propias heces y mis orines; ya ni soy sensible a esta miseria y lo peor es que tengo una certeza: voy a caer más bajo todavía. Todo lo perdí, ya no importa cómo. Me limito a contemplar, sin esperanza ni tristeza, este mundo que me ignora. También, a veces, me levanto a rebuscar entre las basuras; cuanto encuentro de valioso lo conservo junto a mí, en este carro de supermercado.

1 comentario:

Antonius Block dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.