jueves, 21 de agosto de 2008

LA ÚLTIMA TARDE SOBRE LA TIERRA (II)

(Cuento de fantasmas)
II
Salimos a la calle tras cruzar el portal roñoso. Aún llovía, aunque apenas se notaba; continué siguiéndolo por lugares cada vez más tristes mientras la tarde de los arrabales, la tarde sucia y fea, la tarde extrañada de sí misma, luchaba inútilmente por no morir una vez más. Dejamos atrás los ladridos extrañados del último perro del camino, abandonamos la ciudad por un camino rojizo, embarrado y cruzamos por delante de la fábrica de ladrillos, desierta ese domingo. En aquel momento se abrieron las nubes y el sol salió, estrellando su luz rabiosa contra toda la longitud de su chimenea, grosera y majestuosa como un dios de los Infiernos. El sol, sí, estaba asomando y resucitaba todas las cosas. Nos acercábamos al mar; no podía verse desde allí, aunque el vuelo de tres gaviotas lo anunciaba. Cuando llegamos al final de cierta curva, la sombra que yo seguía se detuvo y se volvió para mirarme, sé que con toda su maldad. Esta vez, antes de esfumarse, me dirigió más palabras que en la otra ocasión.
- Debes aceptar quién eres. Tienes que ir por allí, como sabes. Sigue tú solo.
Me lo había indicado con la mano izquierda, delicadamente enguantada de amarillo. Era un sendero estrecho, abrazado por los árboles y ya oscuro en esa hora. Yo lo conocía, en efecto, y avancé por él sabiendo quien me esperaba. Al final estaba la construcción orgullosa. Llegué ante la verja de hierro, toda herrumbre; pasé la cancela desvencijada y recorrí el camino invadido, irregular, de lajas antiguas, a través del jardín dejado desde hace mucho tiempo, sin un amor que lo cuidase. Como intentando demorar mi encuentro, me detuve ante la escalinata de granito gastado. El sol se ponía por fin y yo ascendí hasta la puerta. Al otro lado de la casa -yo sabía exactamente dónde, mirando qué- estaba el hombre.

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