viernes, 25 de julio de 2008

TAO

Un pájaro salvaje cruza rápido ante nuestros ojos, que observan el mundo. El funcionario imperial retirado D busca unas últimas palabras, que necesita para iluminar esta idea que le ronda, pero no las encuentra todavía. Mientras, ha llegado para despedirse de él su sobrino Fa, que está a punto de partir en un carruaje que le espera allí abajo, al final de la escalinata. Acaba de aprobar, con brillantez, el inexorable examen para funcionario imperial y ocupará un puesto entre los elegidos, en la Corte, donde va a desempeñar un cargo cualquiera. Distraídamente, D escucha, como un rumor inconexo, las afirmaciones atropelladas del cortesano novel: allí conocerá -dice- a éste, hablará con aquél, se encontrará largamente con sabios, poderosos y poetas; podrá finalmente llegar hasta mujeres de toda condición y un día será alguien, podrá saborear la gloria, los honores y tal vez el poder: su vida le espera. D apenas ha escuchado; sin embargo, mientras lo contempla alejarse camino del mundo, encuentra las palabras que estaba buscando: ¿Por qué tendrá tanta prisa?

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