viernes, 18 de julio de 2008

NO LEER

No acostumbro a leer un libro hasta el final. Suelo dejarlo mucho antes, pero eso no significa exactamente que lo abandone, no es eso: simplemente dejo el asunto en suspenso; suele ocurrir, sin embargo, que se me cruza una lectura diferente y a esa se le cruza otra y luego otra y otra. Pueden pasar meses o años antes de que retome aquel volumen que un día cerré sin remordimientos, sabiendo en el fondo lo que iba a suceder. De vez en cuando, me resigno a poner un poco de orden aparente en todo esto; procedo así: tomo los libros que llevan ya demasiado tiempo desempleados, los proveo de su correspondiente marcapáginas (que es como mi mala conciencia) y los devuelvo a su lugar en las estanterías. Y ahí te quedas, que te vaya bien. De este modo, me hago la ilusión de que mis lecturas guardan cierta disciplina. ¿Soy por eso un mal lector? Lo soy por muchos otros motivos, pero no por éste. Sucede que un libro nunca me interesa por sí mismo, una página sí; una página, unas líneas, una frase, una palabra precisa son las cosas que busco leyendo. Leo palabras, no libros. No leo para olvidarme del tiempo ni para esconderme de la vida, no leo para sentirme otro, no leo para llegar al cabo de una trama, no leo para acercarme a nadie. Leo para aprender el oficio.

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