viernes, 25 de julio de 2008

TAO

Un pájaro salvaje cruza rápido ante nuestros ojos, que observan el mundo. El funcionario imperial retirado D busca unas últimas palabras, que necesita para iluminar esta idea que le ronda, pero no las encuentra todavía. Mientras, ha llegado para despedirse de él su sobrino Fa, que está a punto de partir en un carruaje que le espera allí abajo, al final de la escalinata. Acaba de aprobar, con brillantez, el inexorable examen para funcionario imperial y ocupará un puesto entre los elegidos, en la Corte, donde va a desempeñar un cargo cualquiera. Distraídamente, D escucha, como un rumor inconexo, las afirmaciones atropelladas del cortesano novel: allí conocerá -dice- a éste, hablará con aquél, se encontrará largamente con sabios, poderosos y poetas; podrá finalmente llegar hasta mujeres de toda condición y un día será alguien, podrá saborear la gloria, los honores y tal vez el poder: su vida le espera. D apenas ha escuchado; sin embargo, mientras lo contempla alejarse camino del mundo, encuentra las palabras que estaba buscando: ¿Por qué tendrá tanta prisa?

viernes, 18 de julio de 2008

NO LEER

No acostumbro a leer un libro hasta el final. Suelo dejarlo mucho antes, pero eso no significa exactamente que lo abandone, no es eso: simplemente dejo el asunto en suspenso; suele ocurrir, sin embargo, que se me cruza una lectura diferente y a esa se le cruza otra y luego otra y otra. Pueden pasar meses o años antes de que retome aquel volumen que un día cerré sin remordimientos, sabiendo en el fondo lo que iba a suceder. De vez en cuando, me resigno a poner un poco de orden aparente en todo esto; procedo así: tomo los libros que llevan ya demasiado tiempo desempleados, los proveo de su correspondiente marcapáginas (que es como mi mala conciencia) y los devuelvo a su lugar en las estanterías. Y ahí te quedas, que te vaya bien. De este modo, me hago la ilusión de que mis lecturas guardan cierta disciplina. ¿Soy por eso un mal lector? Lo soy por muchos otros motivos, pero no por éste. Sucede que un libro nunca me interesa por sí mismo, una página sí; una página, unas líneas, una frase, una palabra precisa son las cosas que busco leyendo. Leo palabras, no libros. No leo para olvidarme del tiempo ni para esconderme de la vida, no leo para sentirme otro, no leo para llegar al cabo de una trama, no leo para acercarme a nadie. Leo para aprender el oficio.

jueves, 10 de julio de 2008

DE IDEAS Y NOVELAS

Desde que escribo, recuerdo haber escuchado frases como "mira, voy a regalarte esta idea para una novela". Las palabras cambian, pero no el empeño: para escribir una novela, o cualquier otra ficción, lo que importa es tener una buena idea. Nunca acerté a responder con la mejor frase que conozco para estos casos: "la poesía no se hace con ideas, se hace con palabras". Entiendo por poesía cualquier serie de palabras escritas para construir algo nuevo.

Recuerdo una noche de frío mesetario, en el fondo de un bar. Poca luz. Altas horas. Conmigo bebía alguien y entre los dos habíamos acumulado, sobre el mármol de la mesa, unas diez o doce servilletas de papel de la casa y en ellas, malamente garrapateadas, diez o doce ideas brillantes para diez o doce asombrosas novelas. Éramos jóvenes pero, sobre todo, éramos indocumentados y seguramente felices. El caso es que al final, cuando amanecía y el dueño estaba echando el cierre, nos jugamos las servilletas a los chinos,ya en la calle. Los papeluchos que gané estuvieron estorbándome por bolsillos, mesas y cajones durante meses; recuerdo que no los releí jamás. El tiempo, mi desorden incurable y la actividad despiadada de la lavadora se aliaron, sin embargo, para hacer que desaparecieran. Afortunadamente.