jueves, 20 de noviembre de 2008

El peor momento



-Probando, probando, ¿mesoye?


No veo, por mucho que me esfuerce, ninguna razón para pediros parecer sobre lo que hago, pero, por otra parte tampoco es el peor momento...


No creo, si estáis ahí, que os sorprenda en gran urgencia (menores o mayores, las urgencias suelen tener lugar sin que medie aparato informático alguno). Por ende, creo que si dedicáis este breve momento (¿el peor?) a leerme y si habéis llegado hasta aquí, algo encontraréis que decirme. No pido más. ¿Dónde está la interactividad que nos prometían los gurús de la informática?


domingo, 12 de octubre de 2008

EL FRÍO

Abres la puerta de tu cocina con la sensación -que no te alarma- de que algo voluminoso acaba de atravesarla reptando. Esa sensación permanece cuando pulsas el interruptor y examinas esa habitación impecable, como diseñada en el futuro. Estás en pijama y sientes el frío de las baldosas en los pies desnudos. Todavía no has tomado tu café negro y, hasta que no lo hagas, no dejarás de estar dormido. Decides que lo lo que has sentido es un jirón de la pesadilla de anoche, la misma de todas las noches desde entonces: algo ancestral y maligno se arrastra lentamente hacia tí. Atraviesas la cocina y te preparas el café; la gloria de su aroma te despierta por fin.
Estás de pié y, a través del amplio ventanal, observas el amanecer en un cielo muy suavemente rosado. Das los pasos necesarios para llegar a la puerta acristalada, la abres y caminas sobre el césped húmedo de rocío. Los pájaros chillan y alborotan en las copas de los arces y aspiras el aire espléndido con los ojos cerrados: es el primer día del verano. Tomas otro sorbo de café. Está frío. Cuando atravesaste la cocina no te fijaste en algo que había en el suelo, pequeño y transparente. Si te hubieses fijado, tal vez pudieras salvarte una vez más, pero lo dejaste a tu espalda, entusiasmado por el amanecer. De verdad me gustaría que eso pequeño y transparente fuese de pescado, pero no lo es. Me gustaría porque, de algún modo, puede decirse que te has ganado lo que tienes, te has ganado el derecho a olvidar y seguir con tu vida: aquellos años pasaron y tú sobreviviste, a diferencia de todos los demás; es cierto que tuviste que sacrificarlos pero, qué podrías tú haber hecho por ellos. Desgraciadamente no es de pescado, pero sí es una escama. Y es mía.
después de leer a Lovecraft

sábado, 20 de septiembre de 2008

SUBE EL LOBO

Anda inquieto el ganado ronda el lobo ayer mismo al Roque el de la Jesusa le hicieron una buena escabechina veinte ovejas le mataron por lo menos y los dos perros y a él lo que él decía ni sé como me libré si no salgo corriendo no lo cuento la madre que los parió decía yo no estaba pero me lo contaron mucho se están moviendo las ovejas y los perros ventean algo han olido con este cierzo el lobo baja a ver por allá se oye el coche cuando llegue a la curva se notarán los faros ya está ahora viene para el puente ahí abajo entra al puente se para en mitad del puente abren las puertas salen lo sacan casi no llora ahora el tiro ya está se meten otra vez arrancan y ahí lo dejan siguen para acá igual llevan más desgraciados dentro quién sería el que han dejado en el puente del pueblo no era por la voz malos tiempos andan ayer de mañana venía yo y me encontré con don Nicolás el farmacéutico bueno es un decir lo encontré que lo reconocí por el chaleco verde que llevaba siempre la cara la tenía reventada del tiro se conoce estaba despatarrado contra una cerca que con la calor las putas moscas le zumbaban que parecía una verbena el pobre hombre que nunca se había metido en políticas ni en nada y mira luego y lo de padre que ya va para un mes que se lo llevaron y no da aparecido ni aparecerá lo más seguro que quién le mandaría por una tierra miserable que no daba nada meterse en pleitos y encima ganarlos que no hay cosa peor que luego pasa lo que pasa que con la gente de posibles no hay manera y lo que dijo luego madre eso le pasa por soberbio y por no tener temor de Dios que Dios lo haya perdonado hay que joderse ahora sí que se levantaron los perros pero ladran al lobo no se le ladra así por el ruido se conoce que sube gente.

jueves, 18 de septiembre de 2008

DIÓGENES

Yo que milité gloriosamente entre los soldados de Alejandro y alcancé con ellos las márgenes del Indo, que he recorrido imperios fabulosos y conocido murallas que nunca se terminan, que he sido médico de tantos mandatarios y opulentos, que he conversado largamente con filósofos, que formulé al mismísimo Aristóteles, a la vista del desatado mar, una pregunta que no acertó a responderme; yo que leí papiros -copiados solamente para mí- procedentes de Atenas y de Alejandría, que amé con triunfo a lujosas, insaciables cortesanas y junto a ellas dormí entre costosos linos, me veo ahora abandonado por todos cuantos me halagaban, me veo sin patria, sin hogar, sin lecho, sin monedas, sin futuro en medio de esta noche gélida y abyecta, acosado por la ferocidad de luces crudas, de sombras violentas, de ruidos monótonos y duros, importunado por guardias sin alma, atrapado entre una fauna nocturna de alimañas: extraviados, rateros, borrachos, proxenetas, prostitutas, travestidos y muy malvados personajes. Nadie se me aproxima salvo, a veces, imbéciles adolescentes para burlarse, para escupirme, para patearme hasta que se aburren. Apesto yo y apesto al mundo con mis propias heces y mis orines; ya ni soy sensible a esta miseria y lo peor es que tengo una certeza: voy a caer más bajo todavía. Todo lo perdí, ya no importa cómo. Me limito a contemplar, sin esperanza ni tristeza, este mundo que me ignora. También, a veces, me levanto a rebuscar entre las basuras; cuanto encuentro de valioso lo conservo junto a mí, en este carro de supermercado.

jueves, 21 de agosto de 2008

LA ÚLTIMA TARDE SOBRE LA TIERRA (II)

(Cuento de fantasmas)
II
Salimos a la calle tras cruzar el portal roñoso. Aún llovía, aunque apenas se notaba; continué siguiéndolo por lugares cada vez más tristes mientras la tarde de los arrabales, la tarde sucia y fea, la tarde extrañada de sí misma, luchaba inútilmente por no morir una vez más. Dejamos atrás los ladridos extrañados del último perro del camino, abandonamos la ciudad por un camino rojizo, embarrado y cruzamos por delante de la fábrica de ladrillos, desierta ese domingo. En aquel momento se abrieron las nubes y el sol salió, estrellando su luz rabiosa contra toda la longitud de su chimenea, grosera y majestuosa como un dios de los Infiernos. El sol, sí, estaba asomando y resucitaba todas las cosas. Nos acercábamos al mar; no podía verse desde allí, aunque el vuelo de tres gaviotas lo anunciaba. Cuando llegamos al final de cierta curva, la sombra que yo seguía se detuvo y se volvió para mirarme, sé que con toda su maldad. Esta vez, antes de esfumarse, me dirigió más palabras que en la otra ocasión.
- Debes aceptar quién eres. Tienes que ir por allí, como sabes. Sigue tú solo.
Me lo había indicado con la mano izquierda, delicadamente enguantada de amarillo. Era un sendero estrecho, abrazado por los árboles y ya oscuro en esa hora. Yo lo conocía, en efecto, y avancé por él sabiendo quien me esperaba. Al final estaba la construcción orgullosa. Llegué ante la verja de hierro, toda herrumbre; pasé la cancela desvencijada y recorrí el camino invadido, irregular, de lajas antiguas, a través del jardín dejado desde hace mucho tiempo, sin un amor que lo cuidase. Como intentando demorar mi encuentro, me detuve ante la escalinata de granito gastado. El sol se ponía por fin y yo ascendí hasta la puerta. Al otro lado de la casa -yo sabía exactamente dónde, mirando qué- estaba el hombre.

lunes, 11 de agosto de 2008

LA ÚLTIMA TARDE SOBRE LA TIERRA (I)



(Cuento de fantasmas)


Para Laura



Nota: el relato que sigue ocurre fuera del tiempo, ideas como ayer, ahora, después o mañana son absurdas aquí.
I
El puño de su bastón golpeó tres veces, sin prisa, la puerta miserable de mi buhardilla. Su figura sólida e inmóvil me esperaba en silencio y, cuando la tuve frente a mí, me dirigió una sola palabra.
- Sígueme.
Me dió la espalda y fue bajando con aplomo, sin ruido, los escalones de tablas inseguras. No se ocupó más de mí, no me hizo ninguna señal ni volvió nunca la cara para comprobar que le seguía pero, sin saber por qué, me sentí como obligado a ir de todas formas tras aquella presencia, cuyo nombre, aunque parezca absurdo, no adiviné. Cuando me dejó en el camino, se despidió dejándome las palabras justas -ni una más- para hacerme comprender, cuando asistiese a lo que me esperaba, que mi destino consistía en seguirle para siempre y que esa tarde iba a ser para mí la última sobre la tierra.

viernes, 25 de julio de 2008

TAO

Un pájaro salvaje cruza rápido ante nuestros ojos, que observan el mundo. El funcionario imperial retirado D busca unas últimas palabras, que necesita para iluminar esta idea que le ronda, pero no las encuentra todavía. Mientras, ha llegado para despedirse de él su sobrino Fa, que está a punto de partir en un carruaje que le espera allí abajo, al final de la escalinata. Acaba de aprobar, con brillantez, el inexorable examen para funcionario imperial y ocupará un puesto entre los elegidos, en la Corte, donde va a desempeñar un cargo cualquiera. Distraídamente, D escucha, como un rumor inconexo, las afirmaciones atropelladas del cortesano novel: allí conocerá -dice- a éste, hablará con aquél, se encontrará largamente con sabios, poderosos y poetas; podrá finalmente llegar hasta mujeres de toda condición y un día será alguien, podrá saborear la gloria, los honores y tal vez el poder: su vida le espera. D apenas ha escuchado; sin embargo, mientras lo contempla alejarse camino del mundo, encuentra las palabras que estaba buscando: ¿Por qué tendrá tanta prisa?

viernes, 18 de julio de 2008

NO LEER

No acostumbro a leer un libro hasta el final. Suelo dejarlo mucho antes, pero eso no significa exactamente que lo abandone, no es eso: simplemente dejo el asunto en suspenso; suele ocurrir, sin embargo, que se me cruza una lectura diferente y a esa se le cruza otra y luego otra y otra. Pueden pasar meses o años antes de que retome aquel volumen que un día cerré sin remordimientos, sabiendo en el fondo lo que iba a suceder. De vez en cuando, me resigno a poner un poco de orden aparente en todo esto; procedo así: tomo los libros que llevan ya demasiado tiempo desempleados, los proveo de su correspondiente marcapáginas (que es como mi mala conciencia) y los devuelvo a su lugar en las estanterías. Y ahí te quedas, que te vaya bien. De este modo, me hago la ilusión de que mis lecturas guardan cierta disciplina. ¿Soy por eso un mal lector? Lo soy por muchos otros motivos, pero no por éste. Sucede que un libro nunca me interesa por sí mismo, una página sí; una página, unas líneas, una frase, una palabra precisa son las cosas que busco leyendo. Leo palabras, no libros. No leo para olvidarme del tiempo ni para esconderme de la vida, no leo para sentirme otro, no leo para llegar al cabo de una trama, no leo para acercarme a nadie. Leo para aprender el oficio.

jueves, 10 de julio de 2008

DE IDEAS Y NOVELAS

Desde que escribo, recuerdo haber escuchado frases como "mira, voy a regalarte esta idea para una novela". Las palabras cambian, pero no el empeño: para escribir una novela, o cualquier otra ficción, lo que importa es tener una buena idea. Nunca acerté a responder con la mejor frase que conozco para estos casos: "la poesía no se hace con ideas, se hace con palabras". Entiendo por poesía cualquier serie de palabras escritas para construir algo nuevo.

Recuerdo una noche de frío mesetario, en el fondo de un bar. Poca luz. Altas horas. Conmigo bebía alguien y entre los dos habíamos acumulado, sobre el mármol de la mesa, unas diez o doce servilletas de papel de la casa y en ellas, malamente garrapateadas, diez o doce ideas brillantes para diez o doce asombrosas novelas. Éramos jóvenes pero, sobre todo, éramos indocumentados y seguramente felices. El caso es que al final, cuando amanecía y el dueño estaba echando el cierre, nos jugamos las servilletas a los chinos,ya en la calle. Los papeluchos que gané estuvieron estorbándome por bolsillos, mesas y cajones durante meses; recuerdo que no los releí jamás. El tiempo, mi desorden incurable y la actividad despiadada de la lavadora se aliaron, sin embargo, para hacer que desaparecieran. Afortunadamente.